lunes, 1 de diciembre de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Octavo Capítulo)

 VIII
“Porque  no es nuestra pelea solamente contra hombres de carne y sangre: sino contra los príncipes, y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires”. (Efesios 6:12). Encontré el versículo resaltado con amarillo en la inmensa Biblia que tenía sobre el escritorio de mi habitación. Mamá debió haber hecho uso del resaltador fosforescente sobre este corto párrafo cuando el libro sagrado estaba en su poder. La tinta parecía ser de hace varios años; así que lo más probable es que su origen esté relacionado con los ataques de hechicería lanzados contra nuestro hogar. Mi madre solía combatir el peso de su tristeza por la muerte de Juanchi leyendo pasajes de la Biblia; yo la había sorprendido en más de una ocasión entregada a la lectura por las tardes, horario en el que usualmente daba una siesta. Seguro que la angustia que sentía en el alma superaba al cansancio que le producía su ajetreada rutina diaria, pues aunque notaba que el sueño la derrumbaba a ratos, ella persistía en su afán de sosegar la pena con versículos esperanzadores. La quedaba mirando un buen rato sin que lo notara. La veía con ternura pero al mismo tiempo con piedad. “¡Cuánto debe sufrir mamá!”… Desde que se vino a vivir a esta casa en el barrio de Pueblo Libre, apenas al día siguiente de haberse casado con papá, se topó con un tumulto de personas acaloradas que reñían a diario frente a los cinco burdeles que funcionaban ilícitamente en la avenida aviación. La zona estaba infestada, por entonces, de drogadictos y meretrices. Las peleas descomunales eran frecuentes; casi siempre terminaban con alguna cara cortada, cabezas rotas chorreando sangre caliente en las veredas y una cuantiosa cantidad de borrachos meándose en los postes.  Así recordaba mamá sus primeros días en este lugar colindante con el centro de la ciudad, donde parecían haberse reunido todas las lacras del mundo. Hablaba siempre con cautela para no lastimar el orgullo de mi padre, quien por años encabezó la lucha para desterrar los males del barrio. Pero no solo contaba anécdotas sobre burdeles en los que parroquianos con el tufo de cerveza reventándoles por la boca se liaban a golpes, sino que sacaba a relucir la presencia de brujos y curanderos que realizaban sus rituales a escasos metros de nosotros. La hechicera más mentada en los relatos de mamá era Doña Paredes, a quien ella misma creyó sorprender, un amanecer, pegada a nuestra ventana pronunciando rezos malévolos mientras regaba partículas de sal en el frontis de la casa. Esta mujer de rostro cuarteado, piel marrón, que andaba casi a rastras había obtenido  su fama de bruja a mediados de la década del setenta, en pleno apogeo del boom pesquero. Por entonces, ella y su comadre Emperatriz, quien vivía en la morada de enfrente, vendían comida afuera del terminal portuario. Ambas salían de sus casas antes de las cuatro de la mañana; parecían estar sincronizadas o haber realizado un pacto de solidaridad, pues cuando una sufría algún apremio que la hacía tardarse en la salida, la otra esperaba con paciencia en la esquina, para así llegar juntas al terminal. Ante los ojos del barrio y de cualquiera que las viera empujando esforzadamente sus triciclos adaptados como mini puestos de comida ambulante, estas mujeres - más allá del vínculo espiritual que las unía - , eran dos grandes amigas y compañeras. Sin embargo, como diría Juan Rulfo, “nadie ha recorrido el corazón de un hombre”; así que nadie puede saber lo que se siembra en ese guerrero solitario donde están almacenadas nuestras emociones. Aunque tratemos de distinguir los propósitos de un ser humano, estos terminan siendo siempre indescifrables. Ni siquiera la bondad puede reconocerse a través de rasgos como una mirada dócil o una sonrisa amigable; ya habrán oído el dicho: “caras vemos, corazones no sabemos”. Lo cierto es que doña Emperatriz, una mujer de carácter blando que se ganaba el aprecio de los comensales con su buena sazón y carisma, enfermó un día sin razones aparentes. Le aparecieron unos cólicos fortísimos que acabaron por tumbarla a la cama. Sólo una semana después de haber presentado ese mal que la hacía estrujarse  hasta producir un alarido lacerante, falleció. El doctor que la atendió  escribió en el certificado de defunción: “muerte a causa de una fuerte infección estomacal producida por la ingestión de un alimento en mal estado”.  Tan pronto como fueron enterrados los restos, alguien cercano a la difunta contó de que varios días atrás las comadres y amigas inseparables habían tenido un altercado en las afueras del terminal. Doña Paredes le reclamó a su comadre por la desmedida coquetería en el modo con que trataba a los clientes para ganárselos. La señora Emperatriz alegó en su defensa, con una calma angelical que “sólo soy amable con estos hombres que vienen de tan lejos para pescar. Aquí no tienen mujer ni hijos que les sonrían”. Las palabras apaciguadoras no consiguieron calmar la rabia de Segundina Paredes, quien la culpó, con palabras de grueso calibre, de que durante las últimas semanas su comida se hubiera quedado en las ollas. A pesar de la conocida tranquilidad de Emperatriz Montero, esta respondió a los insultos con vehemencia, generándose una discusión que por poco y espanta a los comensales. Aquella fue la primera y única vez que las vieron pelearse en serio. Al día siguiente cada una llegó por separado al terminal. Durante la mañana ni se miraron y al atardecer ninguna se decidía a retornar al barrio, aguardando que la otra diera el primer empujón a su carreta. Era un tira y afloja ridículo, como si se tratara de dos adolescentes peleadas por haberse quitado el novio. Sólo un día después de la riña, doña Paredes se apareció en el puesto de Emperatriz Montero y le ofreció disculpas por el mal rato que la había hecho pasar. Se abrazaron como dos hermanas que se reencuentran después de varios años, comprometiéndose a solucionar, en adelante, las diferencias de manera armoniosa.  Aquella reconciliación fue sellada con un suculento picante de cuy que Segundina le entregó a su comadre, quien para demostrar que aceptaba las dispensas allí mismo devoró el platillo. Para el hombre que contó los detalles de aquél incidente, resultaba sospechoso que al poco tiempo de haber probado la comida, Emperatriz comenzara a quejarse de dolores estomacales que con el paso de los días se hicieron más intensos, hasta terminar por tumbarla a la cama. Pero era más extraño aún, que doña Paredes no se hubiera acercado al velatorio para dar los pésames a la familia de quien consideraban como su mejor amiga. Tampoco acudió al entierro y por semanas dejó de aparecerse en el barrio, ausentándose también del terminal portuario. Por esos días se corrió el rumor de que la mujer había fugado a Bolivia, donde aún vivía su madre, oriunda de la tierra del altiplano; pero fue sólo cuestión de tiempo para volverla a ver andando en Pueblo Libre, con ese rostro duro que espantaba a quien quisiera hacerle frente. Nadie se atrevió nunca a culparla directamente por la muerte de Emperatriz Montero. Todo lo que se decía de ella eran cuchicheos de esquina o murmuraciones en la bodega “Juanita” a la hora en que todas las mujeres se encontraban allí para surtir sus alacenas. Cada vez que la veían aparecer cambiaban rápidamente el tema de conversación y la saludaban con cortesía, pues aunque tampoco lo dijeran, temían terminar envenenadas con cualquier menjunje, tal y como le ocurrió a la comadre Emperatriz.

martes, 26 de agosto de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Séptimo Capítulo)

VII
La cercanía de la Navidad distrajo mi atención, haciéndome olvidar, que una caja conteniendo un malévolo trabajo de brujería, había aparecido en la parte posterior del gimnasio. Fue como si todo quedara de pronto en blanco, como si alguien arrancara la página del libro donde estaba escrito ese capítulo misterioso de mi vida. No es que disfrutara las celebraciones de la Pascua, pues desde que Juanchi dejó de sentarse en nuestra mesa, la navidad se convirtió en un acontecimiento pálido. La última Nochebuena que pasamos juntos hubo más de un motivo para celebrar. Dos días antes culminé con éxito la primaria y en mérito a mis buenas calificaciones papá me obsequió cinco mil intis, un billete color azul con el rostro imponente de Miguel Grau. Por primera vez tenía tanto dinero como para comprar un arsenal de cohetones, cohetecillos, bombardas y luces de bengala. Las noches previas a esa navidad hicimos temblar el barrio, haciendo explotar debajo de las puertas los pirotécnicos que compramos con mi premio. Resultaba muy gracioso ver salir espantada a la gente, presumiendo que algún explosivo había sido detonado en su frontis, ya que por entonces los grupos subversivos aún operaban en la ciudad y la ciudadanía andaba al pendiente de cualquier ataque terrorista; mientras nosotros mirábamos el barullo, agazapados en los arbustos del jardín de la familia Fernández. Pero ya está dicho que no existe crimen perfecto. Cuando fuimos descubiertos papá recibió las quejas de la señora Izaguirre, también de la renegona Paredes y doña Emperatriz, sumándose a esa horda de acusadoras doña Risco, una mujer que tenía cuatro hijas muy guapetonas, a las que por entonces todos en el barrio rondaban con fines amorosos. Este cuarteto de mujeres le advirtieron a mi padre que si continuábamos espantando a su prole con tremendas explosiones, harían justicia por su cuenta, lo que significaba una persecución incansable hasta vernos pidiendo perdón de rodillas. Papá las escuchó con atención en la puerta de casa mientras nosotros aguardábamos el inminente castigo en el dormitorio. Conociendo a mi padre, nos esperaba una buena latiguera. Pero nada de eso ocurrió. Creo que esa fue la única vez que nos salvamos del castigo por una travesura cometida y debió ser porque papá se encontraba orgulloso de lo que Juanchi y yo habíamos hecho en la escuela aquél año, pues además de las buenas calificaciones y haber obtenido el primer lugar en el torneo de fulbito intersecciones, a finales de diciembre estrené en la clausura escolar mi primera obra de teatro. El guión se titulaba: El drama  de los ricos y los pobres. Una representación cuyo reparto estuvo conformado por dos compañeros del sexto grado y seis alumnos del quinto grado, entre ellos mi hermano. Esa ocasión Juanchi demostró un talento histriónico inédito representando con maestría al hijo mayor de la familia pobre. Pasada la clausura,  no recuerdo con claridad si fue idea de Juanchi o mía continuar con nuestra carrera explosiva en el barrio; pero ese afán casi le cuesta un pie a la hija mayor de doña Risco. El cohete perseguilón que colocamos  debajo de su puerta salió disparado a una velocidad inusual y alcanzó la mesa donde cenaban, explotando justo en el pie de Mechita. Por suerte la detonación solo alcanzó a negrearle los dedos. A pesar de que no fuimos vistos infraganti, cualquiera podía asegurar que los responsables éramos nosotros, los pequeños demonios de la cuadra once de Espinar. Teníamos la suficiente cantidad de antecedentes para ser inculpados, así que esta vez ninguna excusa pudo librarnos de la buena tunda de correazos que papá nos dio. Desde ese tiempo hasta ahora, la navidad fue destiñéndose en el barrio. Cada vez eran menos las casas decoradas con luces navideñas en sus ventanas y poquísimos los niños que se arriesgaban a jugar con pirotécnicos en la calle. Diciembre transcurría como un mes nostálgico y triste. Mucho más en mi casa, donde las cenas navideñas se volvieron un compartir parco. Pero esta nueva Navidad el embarazo de mi hermana Angela trajo nuevos bríos a la familia; después de varios años las ventanas lucían adornadas con luces de colores, volvieron a colocarse adornos decorativos en las paredes y desempolvamos el viejo árbol navideño para lucirlo en la entrada de casa. La forma puntiaguda que había adoptado la barriga de Angela indicaba que dentro de pocos meses se sumaría una niña a la familia. Eso era lo que mi madre vaticinaba, aún mucho antes de que una ecografía diese el veredicto final. Después de cinco alumbramientos mamá podía determinar el sexo del bebé con sólo observar la forma del vientre. Supongo que esa debe ser una cualidad especial, que algunas mujeres desarrollan debido a su vasta experiencia maternal.

viernes, 18 de julio de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Sexto capítulo)

VI
Dieron las cuatro de la tarde del día siguiente al hallazgo del muñeco decapitado; a esa hora estuve listo para subir al gimnasio y empezar con mi faena vespertina de entrenamiento. Toda la mañana había tratado, como un detective policiaco, de hilvanar las posibilidades en las que el paquete pudo haber llegado hasta el tercer piso sin que nadie se percatase. El primer obstáculo - si es que en realidad lo representó - que debió superar la persona que trajo la misteriosa caja con el trabajo de brujería, era la puerta de fierro que protegía mi vivienda de los intrusos y ladrones. Mi hermano Pepe estaba siempre atento, como un guardián infranqueable, a todos los que ingresaban por allí. Sólo se distraía aquellas tardes en que algún partido de la Champions League lo hipnotizaba frente al televisor. Pero el día anterior había sido viernes y la programación televisiva no contemplaba ningún encuentro deportivo. ¿Viernes? En ese momento reparé en el día que transcurría. Desbloqueé el celular e ingresé a la opción de calendario. Estábamos sábado 14 de Diciembre. “¡Encontré la caja un viernes 13!”. Mi corazón estalló. Acaso podría tratarse de una simple coincidencia. “En el mundo del ocultismo nada es dejado al azar”, me dijo Diana una de esas noches en que la visité para conocer más acerca de la brujería. Basándome en esa afirmación ya no debían quedar dudas  de que aquél paquete con el muñeco decapitado dentro fuese un trabajo de hechicería. Según los registros, que se pueden encontrar navegando en internet, un viernes 13 de octubre de 1307, bajo las órdenes del Rey Felipe IV de Francia, un grupo de Caballeros Templarios, fue capturado y llevado a la Santa Inquisición para ser juzgado y condenado por supuestos crímenes en contra de la cristiandad. Esa misma noche sus cuerpos terminaron en la hoguera ante la anuencia del Papa Clemente V, en una matanza colectiva cuestionada por considerarse que no fue un proceso justo. Un Temple de nombre Jacques de Molay, uno de los últimos en ser quemado en la hoguera, "emplazó" momentos antes de su asfixia, al propio Felipe IV y al Papa Clemente V, con estas palabras:"¡Clemente, y tú Felipe, traidores a la fe cristiana, os emplazo ante el tribunal de Dios!... A ti, Clemente, dentro de cuarenta días, y a ti Felipe, dentro de este año..."El papa Clemente, murió a los treinta días y el Rey Felipe, antes de cumplirse un año. Así nacía la maldición del Viernes 13. Independientemente el número trece desde la antigüedad ha sido considerado de mal augurio, por ejemplo en la Última Cena de Jesucristo, trece fueron los comensales; la Cábala enumera a 13 espíritus malignos, al igual que las leyendas nórdicas; en el Apocalipsis, su capítulo 13 corresponde al anticristo y a la bestia. También existe una leyenda escandinava, donde se narra que en una cena de dioses en el Valhalla, Loki, el espíritu del mal, era el treceavo invitado. En el Tarot, este número hace referencia a la muerte. Y trece es el número que las brujas de la edad media esperaban para hacer sus pócimas.  Aquél trece de Diciembre había sido el segundo viernes 13 en el año. El primero fue en setiembre, pero pasó desapercibido.

sábado, 31 de mayo de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Quinto Capítulo)

V
El miedo es una emoción que se fabrica en algún rincón de la mente y va expandiendo sus tentáculos en todo nuestro organismo, provocando una descarga de ansiedad que explota en el corazón. Su máxima expresión es el terror. Existe un miedo real, el cual podemos medir según la intensidad de la amenaza. Supongamos que camino a casa nos topamos con una jauría de perros hambrientos, el temor a ser atacados nos hará cambiar de dirección; si no experimentáramos esa sensación lo más probable es que  acabaríamos en un enfrentamiento con los animales;  pero existe otra forma de miedo, que Sigmund Freud definió como miedo neurótico,  cuando la intensidad del ataque de miedo no tiene ninguna relación con el peligro; es decir aquél temor que nos produce la oscuridad, nuestras pesadillas, la soledad o una aparición misteriosa como aquél paquete con el muñeco decapitado dentro.

sábado, 8 de marzo de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Cuarto Capítulo)

IV
¿Quién pudo haber dejado ese paquete? Me preguntaba, esa tibia mañana de diciembre, mientras seguía repasando en mi cabeza todos los nombres de las personas que llegaban al gimnasio a diario. Recordaba sus rostros, el modo en que solían mirar, las charlas que compartían mientras tomaban una pausa en su entrenamiento, la frecuencia con la que acudían a ejercitarse, tratando de descubrir a través de esos rasgos la nobleza de su corazón y alguna posible complicidad con la presencia de la caja. Muchas veces los enemigos te tocan el hombro en tu propia casa. Luz acababa de salir, pero su aroma aún seguía impregnado en la habitación. Amanecer a su lado tranquilizó mi alma. Pero al marcharse tuve una ligera sensación de temor que traté de aliviar acercándome hasta la fotografía tamaño jumbo de Juanchi; la imagen estaba en un portarretrato de vidrio  colocada sobre una repisa. Yo mismo había tomado esa foto en el vivero, un día antes de su muerte, y mostraba a un Juanchi flacucho  de párpados hundidos y sonrisa forzada. Siempre que padecía alguna adversidad o veía amenazada mi paz espiritual me acercaba hasta el retrato y le confesaba mis tribulaciones. Se trataba de un contacto íntimo con mi hermano en busca de su ayuda, para sortear el mal tiempo. El fuerte lazo que mantuvimos en nuestra niñez se prolongó más allá de su muerte. Unos meses después del entierro, mientras iba rumbo a la escuela, oí un susurro nítido que me alertaba del peligro si continuaba el trayecto usual que solía recorrer rumbo al Politécnico. “Estás alucinando Marco”.  No hice caso y seguí por el mismo sendero, pero unos metros más adelante el anuncio volvió a repetirse; entonces empujado por esa voz interior tomé la calle opuesta y crucé hasta la avenida Pardo.  No entendía por qué había hecho caso a ese murmullo que parecía provenir de alguien que caminaba a mi costado, hasta que oí el estruendo de un choque y corrí a mirar, empujado por ese impulso natural que conducía a todos los transeúntes que circulaban por la zona, hacia el lugar del siniestro. Justo antes de llegar a la esquina una camioneta de doble cabina había chocado contra un poste de alumbrado público, trayéndolo abajo. Transitaba a diario por esa calle para ir a la escuela y solía pasar junto al poste en un recorrido mecánico que alteré por aquél susurro salvador. Después de ese día, la vocecita empezó a repetirse con frecuencia; me acompañaba camino a la escuela o durante las noches mientras realizaba las tareas en mi habitación; era tanta la intensidad del murmullo que llegué a acostumbrarme a él y empecé a entablar un diálogo ameno, familiar, compartiéndole mis ideas, congojas, haciendo incluso preguntas, cuyas respuestas luego se ratificaban en la realidad. Algunas cosas eran trivialidades,  juegos de niños; como la vez que le pregunté si habría clases de taller electrónico y respondió que esa tarde disputaríamos una partida de monopolio en casa, pues el profesor al que apodábamos “Cerebro” por el enorme tamaño de su cabeza, no asistiría al colegio. Llegué a la escuela y luego de permanecer dos horas junto a mis compañeros del primero “C”,  esperando la llegada de “Cerebro”, el auxiliar de educación nos mandó de vuelta a nuestros domicilios pues el docente tenía un problema familiar que atender y no asistiría. Cuando estuve en mi habitación puse el Monopolio sobre la cama. Ese día pasé toda la tarde tirando los dados, comprando casas y departamentos en las principales avenidas de Lima, sintiendo la presencia de mi hermano al costado. Estaba convencido de que Juanchi me decía cosas al oído, cuchicheaba y a veces hasta sonreía; su cercanía espiritual servía de consuelo para amenguar el dolor de su muerte. No le conté a nadie de aquellos diálogos íntimos, pues lo más probable es que hubiese terminado en un centro de ayuda para personas con problemas mentales. Por un tiempo creí que el privilegio de sentir su presencia  era sólo mío, hasta que una mañana encontré a mi madre hablándole a una de sus fotografías, la misma que luego amplió y puso en un marco para colocarla en nuestra sala. Ella también debía obtener respuestas u oír el susurro alegre de Juanchi. No recuerdo en qué momento perdí contacto con él, quizás el hecho de convertirme en adulto distanció  su voz infantil. Lo que hasta ahora permanece es la presencia fantasmal que se hace notar por las noches en mi habitación, como si se tratara de un niño juguetón en busca de entretenimiento. Años atrás las sillas del cuarto eran arrastradas con suavidad y la puerta crujía durante la madrugada. Juanchi se movía con plena libertad, probando los objetos nuevos que fui colocando en el dormitorio donde él durmió hasta el día de su muerte. A pesar de todas las manifestaciones sobrenaturales  mi corazón nunca solía llenarse de temor, por el contrario era invadido con una paz sublime. Una noche, cerca  al final del día, mientras leía tendido en mi cama una colección poética de César Vallejo, escuché golpear el teclado de la computadora. Me encontraba solo, con la puerta cerrada, pues a esa hora ya todos dormían en casa.  Volteé la vista hacia mi computador sorprendido, temeroso para ser honestos, pues en una situación como aquella cualquiera hubiese puesto el grito al cielo. El tecleo se repitió un par de veces, después sobrevino un silencio que atrajo un aura pacífica, la misma paz que sentía cuando escuchaba el susurro infantil de Juanchi; sonreí y continué leyendo. Cosas como esa eran frecuentes en mi habitación; no me espantaban, por el contrario las sentía como parte de la coexistencia amena con el alma de mi hermano, aunque una madrugada sus travesuras sí consiguieron erizarme la piel. Dormía plácidamente después de un agitado día  en la universidad que culminó con la elaboración de un informe para el curso de publicidad. Había llegado a casa con la premura de culminar el trabajo que debía presentar por la mañana, así que terminé mi cena  en menos de cinco minutos, subí  a mi cuarto y estuve despierto frente a la computadora hasta pasada la media noche. “Listo, ahora sí a dormir”. Apagué el computador, las luces y me tiré rendido en la cama sin siquiera quitarme la ropa del todo. A media madrugada un ruido estrepitoso hizo que diera un brinco hacia el suelo. El CPU, la impresora matricial y el monitor se encendieron de golpe, como si hubiesen estado programados para despertar a esa hora. ¿Juanchi? Fue lo primero que pensé. No podía encontrar otro responsable. “¡Caramba! Esta vez sí que me asustaste”. Avancé nervioso hasta la mesa donde estaba colocado el computador y apagué el sistema Windows. Por las dudas desenchufé el estabilizador de corriente. Si algo volvía a encenderse seguro que hubiese salido corriendo dando gritos de espanto.

domingo, 16 de febrero de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Tercer Capítulo)

III
Mi habitación es un lugar pequeño, al que he tratado de convertir con los años en un sitio acogedor. Gran parte de las cosas que poseo se encuentran aquí: una colección de clásicos de la literatura, mi computador de mesa y una portátil, archivos importantes, entre otros objetos que tienen un especial valor emocional para mí. Hace poco compré muebles nuevos y pinté las paredes de celeste cielo y blanco humo para darle mayor iluminación; pero hace veintitrés años, cuando había apenas dos camas, una pequeña mesa donde realizábamos las tareas y un ropero herido por nuestras travesuras de niño, mi madre se vio obligada a cambiar el orden de las cosas para borrar el recuerdo de Juanchi. “Si quieres puedes pasarte a otra habitación, al menos por un tiempo mientras olvidas todo lo que pasó”, me sugirió mamá una semana después de la muerte de mi hermano. No quise hacerlo. Me sentí incapaz de abandonar este cuadrado. Sabía que iba a enfrentarme a una montaña de recuerdos. Las paredes estaban repletas de sus garabatos, mi madre había querido conservar parte de sus prendas en el ropero, los cuadernos de la primaria seguían sobre la mesa manteniendo el orden que papá imponía y había, además, en una de las gavetas del guardarropa, dos álbum de fotografías donde quedó registrada toda su niñez. Él parecía seguir aquí. A veces solía verlo entrar por la puerta y recostarse en la cama, mirarme con sus ojos grandes y saltar sobre mí para jugar a las peleaditas. El fútbol callejero de verano y las peleas cuerpo a cuerpo, que en ocasiones adquirían tal realismo que acabábamos con el rostro rasguñado y los brazos repletos de moretones,  eran los juegos más felices de ese tiempo. También nos gustaba ir a trote los sábados muy de mañana, junto a otros niños del barrio, hasta el río Lacramarca.  A veces papá iba con nosotros y se pasaba todo el trayecto exigiéndonos correr más a prisa. Lo primero que hacíamos al llegar al río, era armar dos arcos con piedras en la explanada. Los partidos eran intensos. Juanchi corría mucho, superaba a todos en velocidad y acababa siempre con las mejillas coloradas. Luego del juego se hacía necesario un chapuzón. Una vez, mientras nadábamos alegremente, alguien aprovechó unos minutos de descuido y se apropió de nuestras prendas. Al salir del agua descubrimos que las zapatillas, los polos y el dinero de papá habían desaparecido, así que sólo nos quedó retornar a casa descalzos, soportando el hincón de las pequeñas piedras del camino que hicieron difícil el trayecto.  A ratos, mientras las fuerzas me lo permitían, llevaba en la espalda a Juanchi. Mi padre hacía lo mismo con Pepe, quien tenía seis años y sufría mucho caminando.

domingo, 26 de enero de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Segundo Capítulo)

II
La mañana siguiente al hallazgo del paquete abrí los ojos y sentí el cuerpo tibio de Luz a mi costado. Traía puesto uno de mis polos; aunque dormida, sus brazos se habían acomodado en mi pecho. Eran menos de las seis de la mañana, la oscuridad aún reinaba. Podía dormir hasta las siete, la hora en que normalmente despertaba a diario, pero un sueño me levantó con sobresalto. Había un hombre muerto de dos tiros en la cabeza, desplomado en una esquina. La calle estaba a dos cuadras de mi casa. Conocía al sujeto, lo había visto en reiteradas ocasiones e incluso alguna vez cruzamos un par de palabras. Lo vi tirado y corrí a darle aviso a la persona con la que solía andar. Cuando esta llegó se abalanzó sobre el cadáver y dio un grito de dolor al toparse con su amigo muerto. Luego de un momento el dolido se retiró y dejó el cuerpo allí, tirado en la acera. Aunque quería correr no podía hacerlo, siempre tenía al muerto frente a mí, parecía seguirme a todos lados. Desperté transpirado y con una palpitación intensa en la cabeza. Me tranquilizó sentir los latidos del corazón de Luz, verla tan dócil a mi lado, tan serena en su dormir. Era muy temprano aún para despertarla. La contemplé por varios minutos; rocé con las manos su cabello rubio, acaricié su rostro lunarejo y terminé por besar su frente con ternura. Debió sentirme, pues de un de repente le brotó un suspiro, pero continuó dormida.  Quizás en la profundidad de su sueño, recordaba aún el extraño incidente de hace unas horas… Nos habíamos dormido hablando del tema.  Para ella la brujería estaba dirigida hacia mi hermana. “Un muñeco, un chupón, una sonaja. Creo que le quieren hacer daño a Angela”.  Yo tenía mis dudas al respecto, pues mi hermana nunca subía al gimnasio. Si alguien tratase de hacerle daño, podrían dejar lo que fuere en el balcón de nuestra casa, que da justo a la ventana de su habitación. Años atrás, cuando ese cuarto era ocupado por mis padres, aparecieron allí flores bañadas con fragancias esotéricas y un animal raro que caminaba en dos patas; algo muy parecido a un Kiwi,  pequeño pájaro no volador que habita en Nueva Zelanda. ¿Cómo había llegado hasta allí el ave? Tenía el tamaño de un pato tierno con el pico puntiagudo largo, y un par de patas  con tres dedos que terminaban en pequeñas garras. Nunca supimos cuánto tiempo estuvo allí el animal. Mi madre recordaba haber oído durante varias noches ruidos extraños en el balcón, pero no le tomó importancia, hasta que una madrugada el ave comenzó a picotear con fuerza el vidrio de la ventana, tratando de ingresar a la habitación. Papá se levantó de golpe. ¡Quién mierda anda allí!, gritó, pesando que el perturbador era un ladrón, pues ya antes habían ingresado a robar por esa parte de la casa. Nadie le respondió, y el picoteo continuó, aunque a un ritmo más lento. Entonces, a pesar de que mi madre trató de persuadirlo de llamar primero a la policía, salió furibundo a darle caza al intruso. Cuando se topó con el animal sintió más temor del que habría experimentado teniendo al frente a un ladrón. El ave se le quedó mirando y en lugar de espantarse, se paró firme con intenciones de arremeter si era atacada. Papá contó que aquél fue el pájaro más horrible que había visto en su vida. Lo primero que pensó fue que se trataba de algún ser maléfico. “Ese tipo de animal no era de este mundo”,  repetía cada vez que se animaba a relatar la historia durante el almuerzo, aunque nunca habló de un posible responsable o dijo que se trataba de brujería, no sé si por temor a causar miedo entre sus pequeños hijos  o porque en realidad no tenía la menor idea de quién podría estar detrás de aquél ataque con  hechicería a nuestro hogar. En ese tiempo, con nueve años, aquella historia me sonaba fantástica. Deseaba en silencio, enfrentarme a un pájaro como aquél, acabarlo a escobazos como lo hizo papa, o mejor aún cortarle la cabeza con un hacha, eso resultaría más efectivo para repeler el mal; luego quemaría el cuerpo en la calle, así como mi padre.

domingo, 12 de enero de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Primer Capítulo)

I
Hoy he decido empezar a escribir esta historia, envuelto en una maraña de dudas, miedos e incertidumbre por la repetición constante y cíclica de los acontecimientos aciagos de mi vida que en más de una ocasión me han colocado al borde del suicidio. Todo parece repetirse siempre. Un inicio alentador que propone un futuro airoso,  pero luego, de pronto, un vaivén de hechos que convulsionan al final en una hecatombe que me atrapa y envuelve hasta asfixiarme. Pueden pensar que estoy exagerando, que tal vez veo la vida de un modo negativo, que estoy siendo extremista o lapidario conmigo mismo. Pero como escribió Rulfo “Nadie ha recorrido nunca el corazón de un hombre”. Así que si alguien se atreve a poner en tela de juicio lo que en este momento siento, la crisis emocional a la que me enfrento por la reaparición de las fuerzas malignas en mi vida, tiene la plena libertad de plantarse justo aquí y darle una hojeada - si eso le resulta más entretenido - a los diarios plagados de muerte y corrupción política; o pueden, también, encender la tele y mirar alguna novela light o  algún programa concurso de la televisión, o mejor aún, ahora que estamos en la era de las redes sociales, podrían conectarse al Facebook  y calentar los dedos colocándole like a los estados de sus amigos o desparramarse en comentarios a las pintorescas fotos que allí se publican. La lectura no debe ser una obligación, sino un pacto silencioso entre el autor y quien se inmiscuye en su obra con la finalidad  de entretenerse, aprender, conocer algo más del mundo exterior o del interior del ser humano, o quién sabe si fantasear con algún hecho que le hubiese gustado vivir.  Si aún sigue aquí puedo decirle que en estas líneas se describen con certeza la encrucijada que me ha tocado vivir como ser humano frágil, mortal y tan vulnerable a las fuerzas del mal como cualquier otro, con la peculiaridad  de que estos hechos maliciosos se han repetido de manera similar, como si fuese la misma navaja que te corta el cuello, durante mis 35 años de vida. Seguro que estarán preguntándose qué ha ocurrido. A qué fuerzas del mal me refiero….

sábado, 30 de junio de 2012

EL DEPURADOR DE MUJERES


I
La mayoría de historias de amor están llenas de mentiras. Desde que escuché esa frase en la letra de la canción Eterno Odio del español Ismael Serrano, se volvió un estribillo que resonaba en mi mente llegando a aturdirla cada vez que conocía una nueva mujer y terminaba convenciéndola de iniciar una relación sentimental o de mantener encuentros sexuales fortuitos. No me costaba mucho trabajo descubrir la sarta de engaños y la trama engorrosa que cada una de ellas pretendía llevar a cabo. Todas utilizan el mismo esquema novelesco, están provistas de las mismas armas  y llegan incluso a emplear frases convertidas en clichés. Es cierto que la historia de la humanidad está sostenida por una montaña incalculable de falacias. Ahora mismo se están produciendo en los gabinetes de los regímenes un millón de nuevas mentiras que ayudarán a sostener el sistema los próximos mil años. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Estoy lejos de ser un politólogo o un analista acucioso de la sociedad. ¿Quién soy? ¿Qué soy? Es una definición inexacta. Jean Jacques Rousseau decía que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe. No pretendo excusarme en esa frase, porque admito que no he pasado tantas penurias como las que le tocó vivir al filósofo sueco. El mundo me parece horrendo, atestado de crueldad, tan desigual e injusto que he terminado por convencerme de que Dios no sabe ser Dios. Hace tiempo que debió renunciar a su trabajo. Tal vez ya lo hizo en silencio pero el hombre se resiste a creer que finalmente está solo y debe liarse la vida sin esperar un milagro del cielo. Pero no es mi descontento con la sociedad ni las desavenencias con Dios las que me llevaron a convertirme en un depurador de mujeres (prefiero ese calificativo al de asesino). Este efervescente deseo de venganza, que ha sido calificado por los psiquiatras como un odio incomprensible hacia las féminas tiene una explicación sencilla basada en el génesis: La mujer se prestó desde el principio para el engaño, pactó con la serpiente, confabuló contra el varón para redimirlo y tenerlo por los siglos de los siglos a sus pies. Durante el tránsito de la historia personajes memorables sucumbieron a las trampas de la hembra, perecieron o fueron derrocados por sus mentiras, por esa poderosísima arma que la mujer esconde entre sus piernas. La vagina femenina posee garras mortales, lubrica un veneno que lentamente va matando a su víctima. Nunca pretendí cortar ese circuito interminable de engaños, no puedo ser tan pretensioso, pero sé que al menos evité el sufrimiento de algunos hombres y vengué mi propio dolor, cobré la humillación que me hicieron esas víboras. Algunos me calificarán como un psicópata que se ufana cobardemente de haber aniquilado a mujeres que no tenían la mínima opción de repeler mi furia. El argumento es válido. Ellas no merecían vivir, por eso les negué toda opción de perdón. Si alguien me pregunta por qué elegí precisamente a esas mujeres o por qué no he derramado mi ira contra aquellos hombres que son tan lacra como ellas no es el momento para responder aún. Si les interesa conocer esta historia y están aquí persiguiendo mis pasos les recomiendo sujetarse fuertemente. La compasión no ha sido mi virtud, sin embargo esas hembras trastocaron mi mente y esa canción, esa bendita música (Si ella se va, no la perdones, si te deja cultiva bien tu odio, nunca seas generoso en olvido, cultiva tu odio….mirándole a los ojos regálale eterno tu odio) despertó un monstruo que no puedo reconocer en el espejo.  Ahora me resulta imposible parar, estoy persiguiendo otra víbora que merece el mismo final que las anteriores. La tengo rodeada. Es verdad que yo aún la amo, como amé a otras mujeres. Y aunque por un momento los sentimientos me venzan debo evitar que ese clítoris mortal siga  consumiendo el alma de otros hombres.

domingo, 8 de abril de 2012

Repaso en el humor virginal del verano…


Repaso en el humor virginal del verano
todos los galopes que emprendí 
tratando de alcanzar una quimera
buscando inútilmente escribir
una línea a la que pudiera llamar verso,
queriendo ser una cosquilla en tu ombligo…
La ciudad estuvo siempre llena de cuervos
y yo me he quedado sin ojos -
ahora vivo tropezando con el desconcierto
de las tarántulas -

No voy a someter al corazón
a un destierro para acurrucarme
en la más tierna nostalgia,
voy a buscar en el aire
los resquicios del cotorrear
de las palomas que huyen
hacia el sur
allá donde tu mano me espera
abierta como el hocico de un cocodrilo.

Antes de que el invierno me atropelle
seré un pájaro
y pronto – tan pronto –
como se rinda el verano
llegaré hasta tu cruz
con un ramillete de rosas rojas
me sentaré a tus faldas
a cantarte mis poemas
y abriré mi pecho en dos
para entregar los últimos
suspiros que le quedan a mi corazón.