lunes, 1 de diciembre de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Octavo Capítulo)

 VIII
“Porque  no es nuestra pelea solamente contra hombres de carne y sangre: sino contra los príncipes, y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires”. (Efesios 6:12). Encontré el versículo resaltado con amarillo en la inmensa Biblia que tenía sobre el escritorio de mi habitación. Mamá debió haber hecho uso del resaltador fosforescente sobre este corto párrafo cuando el libro sagrado estaba en su poder. La tinta parecía ser de hace varios años; así que lo más probable es que su origen esté relacionado con los ataques de hechicería lanzados contra nuestro hogar. Mi madre solía combatir el peso de su tristeza por la muerte de Juanchi leyendo pasajes de la Biblia; yo la había sorprendido en más de una ocasión entregada a la lectura por las tardes, horario en el que usualmente daba una siesta. Seguro que la angustia que sentía en el alma superaba al cansancio que le producía su ajetreada rutina diaria, pues aunque notaba que el sueño la derrumbaba a ratos, ella persistía en su afán de sosegar la pena con versículos esperanzadores. La quedaba mirando un buen rato sin que lo notara. La veía con ternura pero al mismo tiempo con piedad. “¡Cuánto debe sufrir mamá!”… Desde que se vino a vivir a esta casa en el barrio de Pueblo Libre, apenas al día siguiente de haberse casado con papá, se topó con un tumulto de personas acaloradas que reñían a diario frente a los cinco burdeles que funcionaban ilícitamente en la avenida aviación. La zona estaba infestada, por entonces, de drogadictos y meretrices. Las peleas descomunales eran frecuentes; casi siempre terminaban con alguna cara cortada, cabezas rotas chorreando sangre caliente en las veredas y una cuantiosa cantidad de borrachos meándose en los postes.  Así recordaba mamá sus primeros días en este lugar colindante con el centro de la ciudad, donde parecían haberse reunido todas las lacras del mundo. Hablaba siempre con cautela para no lastimar el orgullo de mi padre, quien por años encabezó la lucha para desterrar los males del barrio. Pero no solo contaba anécdotas sobre burdeles en los que parroquianos con el tufo de cerveza reventándoles por la boca se liaban a golpes, sino que sacaba a relucir la presencia de brujos y curanderos que realizaban sus rituales a escasos metros de nosotros. La hechicera más mentada en los relatos de mamá era Doña Paredes, a quien ella misma creyó sorprender, un amanecer, pegada a nuestra ventana pronunciando rezos malévolos mientras regaba partículas de sal en el frontis de la casa. Esta mujer de rostro cuarteado, piel marrón, que andaba casi a rastras había obtenido  su fama de bruja a mediados de la década del setenta, en pleno apogeo del boom pesquero. Por entonces, ella y su comadre Emperatriz, quien vivía en la morada de enfrente, vendían comida afuera del terminal portuario. Ambas salían de sus casas antes de las cuatro de la mañana; parecían estar sincronizadas o haber realizado un pacto de solidaridad, pues cuando una sufría algún apremio que la hacía tardarse en la salida, la otra esperaba con paciencia en la esquina, para así llegar juntas al terminal. Ante los ojos del barrio y de cualquiera que las viera empujando esforzadamente sus triciclos adaptados como mini puestos de comida ambulante, estas mujeres - más allá del vínculo espiritual que las unía - , eran dos grandes amigas y compañeras. Sin embargo, como diría Juan Rulfo, “nadie ha recorrido el corazón de un hombre”; así que nadie puede saber lo que se siembra en ese guerrero solitario donde están almacenadas nuestras emociones. Aunque tratemos de distinguir los propósitos de un ser humano, estos terminan siendo siempre indescifrables. Ni siquiera la bondad puede reconocerse a través de rasgos como una mirada dócil o una sonrisa amigable; ya habrán oído el dicho: “caras vemos, corazones no sabemos”. Lo cierto es que doña Emperatriz, una mujer de carácter blando que se ganaba el aprecio de los comensales con su buena sazón y carisma, enfermó un día sin razones aparentes. Le aparecieron unos cólicos fortísimos que acabaron por tumbarla a la cama. Sólo una semana después de haber presentado ese mal que la hacía estrujarse  hasta producir un alarido lacerante, falleció. El doctor que la atendió  escribió en el certificado de defunción: “muerte a causa de una fuerte infección estomacal producida por la ingestión de un alimento en mal estado”.  Tan pronto como fueron enterrados los restos, alguien cercano a la difunta contó de que varios días atrás las comadres y amigas inseparables habían tenido un altercado en las afueras del terminal. Doña Paredes le reclamó a su comadre por la desmedida coquetería en el modo con que trataba a los clientes para ganárselos. La señora Emperatriz alegó en su defensa, con una calma angelical que “sólo soy amable con estos hombres que vienen de tan lejos para pescar. Aquí no tienen mujer ni hijos que les sonrían”. Las palabras apaciguadoras no consiguieron calmar la rabia de Segundina Paredes, quien la culpó, con palabras de grueso calibre, de que durante las últimas semanas su comida se hubiera quedado en las ollas. A pesar de la conocida tranquilidad de Emperatriz Montero, esta respondió a los insultos con vehemencia, generándose una discusión que por poco y espanta a los comensales. Aquella fue la primera y única vez que las vieron pelearse en serio. Al día siguiente cada una llegó por separado al terminal. Durante la mañana ni se miraron y al atardecer ninguna se decidía a retornar al barrio, aguardando que la otra diera el primer empujón a su carreta. Era un tira y afloja ridículo, como si se tratara de dos adolescentes peleadas por haberse quitado el novio. Sólo un día después de la riña, doña Paredes se apareció en el puesto de Emperatriz Montero y le ofreció disculpas por el mal rato que la había hecho pasar. Se abrazaron como dos hermanas que se reencuentran después de varios años, comprometiéndose a solucionar, en adelante, las diferencias de manera armoniosa.  Aquella reconciliación fue sellada con un suculento picante de cuy que Segundina le entregó a su comadre, quien para demostrar que aceptaba las dispensas allí mismo devoró el platillo. Para el hombre que contó los detalles de aquél incidente, resultaba sospechoso que al poco tiempo de haber probado la comida, Emperatriz comenzara a quejarse de dolores estomacales que con el paso de los días se hicieron más intensos, hasta terminar por tumbarla a la cama. Pero era más extraño aún, que doña Paredes no se hubiera acercado al velatorio para dar los pésames a la familia de quien consideraban como su mejor amiga. Tampoco acudió al entierro y por semanas dejó de aparecerse en el barrio, ausentándose también del terminal portuario. Por esos días se corrió el rumor de que la mujer había fugado a Bolivia, donde aún vivía su madre, oriunda de la tierra del altiplano; pero fue sólo cuestión de tiempo para volverla a ver andando en Pueblo Libre, con ese rostro duro que espantaba a quien quisiera hacerle frente. Nadie se atrevió nunca a culparla directamente por la muerte de Emperatriz Montero. Todo lo que se decía de ella eran cuchicheos de esquina o murmuraciones en la bodega “Juanita” a la hora en que todas las mujeres se encontraban allí para surtir sus alacenas. Cada vez que la veían aparecer cambiaban rápidamente el tema de conversación y la saludaban con cortesía, pues aunque tampoco lo dijeran, temían terminar envenenadas con cualquier menjunje, tal y como le ocurrió a la comadre Emperatriz.

Con los años Segundina Paredes acrecentó su fama de hechicera. Cualquier suceso paranormal que aconteciera en Pueblo Libre debía tener su sello malévolo. Podía decirse que hasta su semblante endureció más de la cuenta,  dando la impresión de que odiaba a todo aquél que prosperase frente a sus narices. El odio parecía habérsele grabado en el corazón como una marca registrada. En el barrio estaban convencidos de que poseía poderes para pactar con el demonio, algo que de seguro aprendió en Bolivia, la tierra donde había nacido; allá en las alturas del altiplano la mayoría de brujos ostentaban fama de maleros,  y otros cuantos eran considerados mejores sanadores que los propios médicos. Luego de la muerte de Emperatriz  Montero y pasado un corto periodo de ausencia, Segundina Paredes decidió abandonar por completo la venta de comida en el terminal portuario y montó una tiendita a la que se dedicó con esmero. A partir de entonces cualquier bodega o tienda que se abriese en la cuadra once de Espinar terminaba cerrando a los pocos meses. No se trataba de una simple casualidad, pues en reiteradas ocasiones habían aparecido en el frontis de estos inmuebles muñecos con alfileres incrustados, restos de flores que habían sido sometidas a algún tipo artilugio mágico, ñiscas de sal que atraían la mala suerte y literalmente “salaban” el negocio; por si fuera poco cada vez cobraba más fuerza la versión espantosa de que una mujer vestida de negro, a la que era imposible verle el rostro, recorría las calles de Pueblo  Libre. Esta extraña aparición  había terminado por espantar a cinco celadores, quienes aseguraban haber visto la imagen flotando en el aire como si se tratara de un espectro.  El “gordo” Aliaga fue el primero en toparse de cerca, una madrugada en los inicios de Junio, con la silueta de lo que parecía ser una mujer ataviada con un manto oscuro que andaba sigilosamente a paso de procesión. A simple vista creyó que se trataba de una recolectora de basura que aprovechaba el silencio de la madrugada para escudriñar en los montículos malolientes aglomerados en las esquinas, tratando de rescatar cualquier objeto que pudiera serle útil.  Pero su sorpresa fue grande cuando, al tratar de acercarse  al cuerpo, descubrió que el rostro que tenía al frente no era de este mundo. Lo que vio fue tan espantoso que de la impresión cayó a la pista y empezó a patalear, como si hubiese sufrido un ataque de epilepsia. Cuando lo encontraron tenía el cuerpo helado, botaba espuma por la boca y temblaba como un perro rabioso. Para reincorporarlo hubo que tirarle un poco de agua en la cara y frotarle las manos hasta que recuperase  una temperatura normal. Lo primero que dijo cuando estuvo otra vez consciente fue: “era el diablo, el mismísimo diablo. Esa mujer de negro es el diablo”. A pesar de que el gordito juraba a cada momento de que había visto un ser espantoso, nadie le creyó, pues todos sabían que sus guardias nocturnas las acompañaba con una botella de caliche. Esa madrugada había bebido más de la cuenta; primero en un cumpleaños que terminó antes de las dos; luego sorbió el caliche mientras rondaba las calles, hasta que cerca de las cinco de la mañana - cuando se aprestaba a dar su última ronda -, se topó con la misteriosa mujer de negro; el exceso de alcohol pudo haber hecho que alucinara y viese al frente un demonio, por eso su versión no resultaba del todo creíble. Quizás otras personas se habían topado antes con esa mujer tenebrosa que hacía siempre el mismo recorrido lúgubre, confundiéndola con una simple ropavejera; sin embargo al “gordo” Aliaga le tocó enfrentarse a la penumbra de aquél rostro endemoniado que debía ser el mismo que mi madre sorprendió detrás de nuestra ventana pronunciando rezos - que bien podrían haber sido satánicos -, con el propósito de atraer la mala suerte hacia el negocio que por entonces teníamos.

Durante mucho tiempo se tomó por loco al “gordo” Aliaga; quien cada vez que era interrogado por los sucesos de aquella madrugada, reafirmaba haber visto el rostro del demonio en esa mujer sombría. Ahora ya no bebía y  abandonó de manera definitiva el trabajo de custodio por las noches. Solía vérsele a diario recorriendo las avenidas y jirones del centro de la ciudad fumando un cigarro a plena luz del día; lucía ojeroso y con el paso de las semanas se iba haciendo más flaco. Caminaba imperturbable ante el ruido de las gentes y los bocinazos de los automóviles, siguiendo una ruta que lo llevaba a ninguna parte; incluso en algunas ocasiones ni siquiera respondía al saludo de sus amigos, quienes empezaban a convencerse de que lo que vio esa madrugada de Junio, le comió los sesos. Al cabo de unos meses el gordito desapareció por completo; no se despidió de su familia ni de sus amigos más cercanos, con los que solía compartir juegos de baraja y tardes de fulbito; se marchó en silencio, convencido de haber visto al mismísimo diablo encarnado en esa mujer que recorría las calles de Pueblo Libre durante la madrugada. Carlitos Luján lo sucedió en el puesto de vigilante nocturno; no duró mucho tiempo, pues por entonces se hizo más frecuente la presencia de la mujer de negro. Sus apariciones coincidieron con la apertura de tres nuevas bodegas en la cuadra 11 de Espinar. Aunque el barrio tenía un aspecto aterrador por la presencia de bares que eran en realidad burdeles clandestinos donde se prostituían barranquinas, chiclayanas e incluso alguna ecuatoriana o colombiana que llegaban a probar suerte al puerto; atraía – por su cercanía al centro de la ciudad - a muchos foráneos, que por diversos motivos llegaban a Chimbote. Al menos una docena de casas habían sido diseñadas como mini departamentos o viviendas con múltiples habitaciones para ser arrendadas; por eso era frecuente ver en Espinar siempre caras nuevas, gente que llegaba a vivir por estos lares ignorando la presencia de una oscura mujer que recorría las calles antes del amanecer. El corto tiempo que Carlitos Luján custodió la cuadra por las noches, una treintena de nuevas personas ocupaban los espacios de alquiler; ese auge de inmigrantes motivó a que algunos vecinos abrieran negocios de comida y bodegas en sus casas. Incluso Segundina Paredes se animó a retomar sus antiguas labores de cocinera y colocó en las afueras de su bodeguita un par de mesas y varias sillas para expender combinado (mezcla de ceviche, tallarines y papa la huancaína). Aunque nadie la relacionada aún con las andanzas nocturnas de esa sombría silueta que había espantado al “gordo” Aliaga, el vecindario seguía creyendo que Segundina, empujada por un incontrolable sentimiento de envidia, vertió algún menjunje en aquél picante de cuyes que terminó por mandar a una tumba a su comadre Emperatriz Montero. Por eso, desde la primera aparición de un muñeco apuñalado con alfileres en el frontis de la bodega “Honores”,  todas las conjeturas apuntaron a que ella había sido la autora de ese juguete maléfico. Pero una vez más nadie tuvo el valor de acusarla directamente. Segundida Paredes atendía en su pequeña tiendita y transitaba por el barrio emitiendo un hálito  lúgubre que sólo las gentes que anidan malicia en el corazón suelen tener. En una ocasión el “chato” Orlando Macedo hizo rodar un balón de fútbol hasta uno de sus mostradores donde exhibía galletas y chocolates. Cuando fue a recoger la pelota se topó con la agria mujer, quien lo aguardaba erigida como una efigie egipcia. “Señora, me entrega mi pelota por favor”, le pidió respetuosamente. La mujer le clavó una mirada devastadora que convirtió en gelatina las rodillas  del pequeño Orlandito. “Me… me… me … me da mi pelota…” volvió a repetir, esta vez balbuceante. Segundina abrió la boca y soltó esa víbora que mantenía escondida detrás de los dientes. El “chato” sintió un estupor al escucharla; fue tan fuerte esa sensación que perdió por completo las fuerzas y se desplomó en la acera tibia. “Sentí como si un soplo maligno ingresara en mi cuerpo…”, contó después, ya reincorporado, pero aturdido aún por el regañamiento recibido. Desde entonces todos los niños del barrio evitábamos acercarnos a los límites de la bodega de Segundina Paredes. El único que noche a noche se aproximaba hasta la frontera de aquél inmueble  era Carlitos Luján, quien por sus labores de celador nocturno debía, cada cierto rato durante la madrugada, constatar que las puertas y ventanas de las casas, que tenían el afiche pegado de: CASA VIGILADA, estuvieran bien cerradas. Una ola de robos se había desatado en el barrio durante los últimos meses, lo que obligó a reemplazar a la brevedad al “gordo” Aliaga.  Los vecinos eligieron a Carlitos entre cinco candidatos, quienes luego de enterarse sobre los espantos que sufrió durante el corto tiempo que duró en el empleo, se alegraron de haber sido descartados. Fue justamente el “flaco” Carlos Luján quien estuvo a punto de descubrir la procedencia de la misteriosa mujer de negro. Antes de tomar el trabajo de guardianía sabía del espantoso suceso que había sufrido su antecesor; pero al igual que la mayoría de vecinos, no le daba crédito a la versión del gordito “Aliaga”. Carlitos recorría la cuadra montado en una pequeña bicicleta que brincaba como un saltamontes en cada bache de la polvorienta calle, que por entonces aún no había sido asfaltada. Cada cinco minutos hacía sonar un silbato anunciando su presencia nocturna. El ambiente era de por sí tétrico, envuelto en tinieblas, pues varias bombillas en los postes de alumbrado público estaban quemadas y la empresa de electrificación solía tardar meses en reponerlas. Además los cortes de fluido eléctrico ocurrían con frecuencia en la ciudad; algunos a causa de desperfectos en la estación eléctrica y otros producidos por la caída de alguna torre de alta tensión que sucumbían ante la explosión de las bombas que los senderistas colocaban casi quincenalmente para desestabilizar al gobierno, demostrando la frágil seguridad en el país; sea cual fuere el motivo, Chimbote llegaba a permanecer en la más completa oscuridad durante varias horas. Los chicos más pillos, aprovechábamos ese tiempo para salir a la calle con linternas que nosotros mismos fabricábamos colocando una vela dentro de tarros de pintura; con ellas recorríamos el barrio en busca de seres monstruosos que  sólo existían en nuestra imaginación.  Poco antes de la media noche el  grito acalorado de nuestros padres nos devolvía a casa. A partir de ese momento Carlitos Luján se quedaba solo, aparentemente solo, pues aunque al principio no lo notara, una misteriosa mujer de negro merodeaba a sus espaldas. La primera sensación clara de que alguien deambulaba junto a él en medio de la negrura ocurrió una media noche de abril a inicios del invierno; uno de esos días en que los desperfectos eléctricos dejaban el barrio a oscuras y obligaban a la gente a guarecerse en sus casas después de las once. El “flaco” Luján rondaba inquieto iluminando con su linterna aquellos rincones en los que pudiera esconderse algún ladronzuelo, cuando sintió un taconeo incesante. Paró de golpe la bicicleta  y apuntó la luz hacia donde procedía el zapateo. El golpe de los pasos se fue haciendo más fuerte, como si la persona a quien le pertenecían se acercase cada vez más; sin embargo, a pesar de que Carlitos Luján iluminó en diferentes direcciones tratando de ubicar al sujeto, nadie apareció. Alcanzó a oír el taconeo frente a sus narices, luego lo sintió alejarse al mismo compás con el que había aparecido, produciéndole un escalofrío en el cuerpo que le duró hasta la mañana. Ese mismo día quiso renunciar al empleo, convencido de que el “gordo” Aliaga siempre dijo la verdad sobre la presencia de un misterioso ser con apariencia de mujer que merodeaba en el barrio durante la madrugada; pero Carlitos Luján tenía un poderoso motivo que le sonreía cada tarde para continuar en el trabajo, aún si apareciesen todos los demonios de la tierra. Miró juguetear a su pequeña Malena el resto del día y no pegó un ojo hasta que dieron las once, hora en que debía salir a la calle para custodiar el barrio. La vio bostezar anunciando la pronta llegada del sueño, esperó a que se durmiera y luego de darle un beso en la frente salió a la calle en la bicicleta para hacer sonar su silbato cada cinco minutos. Las siguientes tres semanas que permaneció como guardián nocturno fueron aterrorizadoras para el “flaco” Luján. La mujer de negro rondaba insistentemente por el barrio de madrugada, caminaba de aquí para allá como si tuviera urgencia de hacer algo. Al principio, cuando aún le sobraba el coraje para enfrentarse a cualquier demonio disfrazado de mujer que osara espantarlo, Carlitos se dedicó a perseguir las huellas del sombrío ser. Notó que siempre aparecía pasada la media noche, sobre todo durante la madrugada de los martes y viernes;  aunque también la habían visto pasearse algún lunes y según el testimonio del “gordo” Aliaga, la mujer de negro lo espantó en el albor de un domingo.  Decidido a hacerle frente y descifrar el origen de esta misteriosa dama, pasó tres semanas siguiéndole los pasos, apuntando la luz de su linterna en todas las direcciones, husmeando en los rincones más oscuros como un sabueso tras su presa, armado en el cuello con un rosario de madera que le obsequiaron el día que recibió la primera comunión. Trató de convocar a otros guardianes nocturnos aledaños para que lo acompañasen en su osada casería pero nadie quiso comprometerse con la causa del “flaco” Luján,  pues temían acabar siendo presa de algún maleficio. Su solitario esfuerzo terminó sucumbiendo un amanecer, cuando en el frontis de la vivienda que ocupaba apareció una muñeca de trapo vestida con ropas similares a las que usaba su pequeña Malena. El juguete, a diferencia de otros muñecos encontrados en los límites de las bodegas recientemente abiertas, no venía incrustado con alfileres,  pero conservaba el mismo aire tétrico que el resto de hallazgos. Carlitos Luján la vio horrorizado, los ojos se le saltaron como búho y antes de tomarla por el brazo, trató de golpearla con una enorme piedra que había a su costado; sin embargo un papel doblado que resaltaba por entre el vestido lo hizo desistir. Apenas y amanecía, cuando  el corazón le explotó de pánico. Nunca antes había sentido tanto espanto como el que experimentó aquella mañana al toparse con esa inscripción hecha con sangre, que parecía ser de algún animal. “Tú decides”, se leía en la amplitud de la hoja. El “flaco” Luján apretó los puños y sintió la necesidad de golpear la pared. Lo hizo hasta que los nudillos de los dedos le quedaron tan ampollados que estuvo con las manos vendadas por varios días. Sin dar alguna explicación, esa misma tarde presentó su renuncia al puesto de guardián nocturno. Aunque no contó en ese momento lo que llegó a descubrir en esas madrugadas de persecución incesante,  en el barrio afloró un nuevo rumor que lo colocó como otra víctima de la mujer de negro. Sólo varios años más tarde, durante la celebración de los carnavales, Carlos Luján, sacudido por el alcohol  se atrevió a hablar de la muñeca hallada en su frontera, y contó, además, algunos de los sucesos inéditos que le tocó vivir durante el corto tiempo que estuvo a cargo de la vigilancia en la cuadra once de Espinar; lo hizo tembloroso, atascándose a cada momento, mientras que con ademanes y gestos describía detalles de lo que había visto. El relato se oía espantoso, tan real y escalofriante como un cuento de Edgar Allan Poe. A diferencia de la ocasión en que el “gordo” Aliaga narró su experiencia con la dama oscura, ahora los vecinos escuchaban atentos al “flaco” Luján, quien a punto estuvo de revelar la identidad de la misteriosa mujer que recorría el barrio durante la madrugada, de no haber sido porque justo cuando iba a hacerlo, el paso de Segundina Paredes lo estremeció  a tal punto que casi se atraganta con su saliva. Allí mismo pidió que lo llevasen a su casa aduciendo que el exceso de alcohol empezaba a descomponerlo. Luego de ese día nunca más volvió a mencionar detalles  de lo ocurrido. Unos meses más  tarde, Carlitos abandonó el barrio y se fue a vivir junto a su familia a una de las invasiones de Nuevo Chimbote.

Así como les ocurrió al “gordo” Aliaga y a Carlitos Luján, los siguientes tres celadores que cuidaron la cuadra once de Espinar tuvieron que abandonar la guardianía a los pocos meses, aturdidos por la presencia de esta misteriosa mujer de negro, dejando la calle a merced de los ladronzuelos. Las historias eran repetidas: aparición de objetos que tenían el aspecto de ser trabajos de brujería; la silueta oscura de una dama que transitaba a sus anchas durante la madrugada pero que nadie podía identificar ni determinar de dónde procedía; hombres espantados que abandonaban el barrio atemorizados por la amenaza de recibir una maldición. Por años los relatos acerca de la mujer de negro se convirtieron en las historias predilectas de nuestra mesa. Mi madre narraba los detalles con apasionamiento vívido. Para ella, como para otros vecinos, la dama de negro tenía estrecha relación con Segundina Paredes. Mamá era una de las pocas personas que se topó de frente con la negrura de esta mujer y creyó reconocer en su aspecto crudo algunos rasgos de Segundina. Además de aquél encuentro inesperado, basaba su hipótesis en la simple conjetura de que mientras la otrora vendedora de comida mantenía las fuerzas para pasearse por la calle, la mujer de negro era vista con frecuencia; pero una vez que el cáncer al hígado mermó su salud postrándola a una cama, el barrio dejó de sufrir la presencia de muñecos apuñalados por alfileres. Aquella era una coincidencia que despertaba suspicacias en mi madre.  Aunque nadie nunca tuvo el atrevimiento de decírselo, fueron muchas las gargantas atragantadas con el deseo de gritarle en la cara a Segundina Paredes que era la responsable de la muerte de Emperatriz Montero y de los objetos de brujería hallados por años en el frontis de las bodegas. Admito que luego de que aquella paloma con mirada psicótica se posó en el gimnasio, tuve la ligera sospecha de que Segundina Paredes estaba detrás de ese macabro trabajo de brujería iniciado con el hallazgo del muñeco decapitado. ¿Pero acaso ella no tenía los días contados víctima de un cáncer irremediable? Ya no tenía dudas de que algo siniestro estaba siendo maquinado en mi contra. Volví a leer el versículo resaltado de la Biblia: “Porque  no es nuestra pelea solamente contra hombres de carne y sangre: sino contra los príncipes, y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires”. (Efesios 6:12). Debía prepararme, pues una gran batalla espiritual estaba por empezar.  



1 comentario:

  1. Como siempre dejándome con la duda de saber que mas sucederá sin duda un buen relato sigue así marco bendiciones y éxitos !!!!!

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