sábado, 30 de junio de 2012

EL DEPURADOR DE MUJERES


I
La mayoría de historias de amor están llenas de mentiras. Desde que escuché esa frase en la letra de la canción Eterno Odio del español Ismael Serrano, se volvió un estribillo que resonaba en mi mente llegando a aturdirla cada vez que conocía una nueva mujer y terminaba convenciéndola de iniciar una relación sentimental o de mantener encuentros sexuales fortuitos. No me costaba mucho trabajo descubrir la sarta de engaños y la trama engorrosa que cada una de ellas pretendía llevar a cabo. Todas utilizan el mismo esquema novelesco, están provistas de las mismas armas  y llegan incluso a emplear frases convertidas en clichés. Es cierto que la historia de la humanidad está sostenida por una montaña incalculable de falacias. Ahora mismo se están produciendo en los gabinetes de los regímenes un millón de nuevas mentiras que ayudarán a sostener el sistema los próximos mil años. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Estoy lejos de ser un politólogo o un analista acucioso de la sociedad. ¿Quién soy? ¿Qué soy? Es una definición inexacta. Jean Jacques Rousseau decía que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe. No pretendo excusarme en esa frase, porque admito que no he pasado tantas penurias como las que le tocó vivir al filósofo sueco. El mundo me parece horrendo, atestado de crueldad, tan desigual e injusto que he terminado por convencerme de que Dios no sabe ser Dios. Hace tiempo que debió renunciar a su trabajo. Tal vez ya lo hizo en silencio pero el hombre se resiste a creer que finalmente está solo y debe liarse la vida sin esperar un milagro del cielo. Pero no es mi descontento con la sociedad ni las desavenencias con Dios las que me llevaron a convertirme en un depurador de mujeres (prefiero ese calificativo al de asesino). Este efervescente deseo de venganza, que ha sido calificado por los psiquiatras como un odio incomprensible hacia las féminas tiene una explicación sencilla basada en el génesis: La mujer se prestó desde el principio para el engaño, pactó con la serpiente, confabuló contra el varón para redimirlo y tenerlo por los siglos de los siglos a sus pies. Durante el tránsito de la historia personajes memorables sucumbieron a las trampas de la hembra, perecieron o fueron derrocados por sus mentiras, por esa poderosísima arma que la mujer esconde entre sus piernas. La vagina femenina posee garras mortales, lubrica un veneno que lentamente va matando a su víctima. Nunca pretendí cortar ese circuito interminable de engaños, no puedo ser tan pretensioso, pero sé que al menos evité el sufrimiento de algunos hombres y vengué mi propio dolor, cobré la humillación que me hicieron esas víboras. Algunos me calificarán como un psicópata que se ufana cobardemente de haber aniquilado a mujeres que no tenían la mínima opción de repeler mi furia. El argumento es válido. Ellas no merecían vivir, por eso les negué toda opción de perdón. Si alguien me pregunta por qué elegí precisamente a esas mujeres o por qué no he derramado mi ira contra aquellos hombres que son tan lacra como ellas no es el momento para responder aún. Si les interesa conocer esta historia y están aquí persiguiendo mis pasos les recomiendo sujetarse fuertemente. La compasión no ha sido mi virtud, sin embargo esas hembras trastocaron mi mente y esa canción, esa bendita música (Si ella se va, no la perdones, si te deja cultiva bien tu odio, nunca seas generoso en olvido, cultiva tu odio….mirándole a los ojos regálale eterno tu odio) despertó un monstruo que no puedo reconocer en el espejo.  Ahora me resulta imposible parar, estoy persiguiendo otra víbora que merece el mismo final que las anteriores. La tengo rodeada. Es verdad que yo aún la amo, como amé a otras mujeres. Y aunque por un momento los sentimientos me venzan debo evitar que ese clítoris mortal siga  consumiendo el alma de otros hombres.

domingo, 8 de abril de 2012

Repaso en el humor virginal del verano…


Repaso en el humor virginal del verano
todos los galopes que emprendí 
tratando de alcanzar una quimera
buscando inútilmente escribir
una línea a la que pudiera llamar verso,
queriendo ser una cosquilla en tu ombligo…
La ciudad estuvo siempre llena de cuervos
y yo me he quedado sin ojos -
ahora vivo tropezando con el desconcierto
de las tarántulas -

No voy a someter al corazón
a un destierro para acurrucarme
en la más tierna nostalgia,
voy a buscar en el aire
los resquicios del cotorrear
de las palomas que huyen
hacia el sur
allá donde tu mano me espera
abierta como el hocico de un cocodrilo.

Antes de que el invierno me atropelle
seré un pájaro
y pronto – tan pronto –
como se rinda el verano
llegaré hasta tu cruz
con un ramillete de rosas rojas
me sentaré a tus faldas
a cantarte mis poemas
y abriré mi pecho en dos
para entregar los últimos
suspiros que le quedan a mi corazón.

jueves, 8 de marzo de 2012

LA HORA DE LA MUERTE

La muerte no se anda con rodeos, por eso yo le tengo mucho respeto. No es por exagerar pero aquí en el pueblo todos le temen; algunos le llaman “la parca”, otros “la pelona”. El caso es que desde la otra vez en que se paseó  un mes enterito y se cargó en hombros - Dios sabe para dónde - a nueve de mis paisanos, la gente le agarró un miedo único. Cuando alguien se muere, ya sabemos que la muerte nunca viene por uno solo, es por eso que del puro espanto nadie quiere moverse de sus casas. Las mujeres no bajan hasta la quebrada - por donde pasa el río - a lavar sus ropas, pues les asusta pensar que “la parca” ande rondando por allí y de puro antipática como es ella, las empuje contra las aguas que de tiempo en tiempo se ponen bravas. Los machos, por muy bravos y fuertes que estos sean, se niegan a subir hasta la montaña a cortar leños, porque allá sí que uno anda a salto de mata con tanto zorro y pishtaco suelto y para la muerte resulta más fácil hacer su trabajo. El pueblo se vuelve por un tiempo silencioso y hasta parece que nadie viviera aquí; si no fuera por el cura de la iglesia – que por cierto no es de este lugar sino de la costa y es, además, el único al que la muerte no le parece un asunto tan grave - que todas las mañanas toca la campana del templo a golpe de las siete, la gente que cruza por El Sauce (mi pueblo) para ir hasta los caseríos detrás de la montaña, pensarían que “la pelona” ya arrasó con todos por aquí.