domingo, 26 de enero de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Segundo Capítulo)

II
La mañana siguiente al hallazgo del paquete abrí los ojos y sentí el cuerpo tibio de Luz a mi costado. Traía puesto uno de mis polos; aunque dormida, sus brazos se habían acomodado en mi pecho. Eran menos de las seis de la mañana, la oscuridad aún reinaba. Podía dormir hasta las siete, la hora en que normalmente despertaba a diario, pero un sueño me levantó con sobresalto. Había un hombre muerto de dos tiros en la cabeza, desplomado en una esquina. La calle estaba a dos cuadras de mi casa. Conocía al sujeto, lo había visto en reiteradas ocasiones e incluso alguna vez cruzamos un par de palabras. Lo vi tirado y corrí a darle aviso a la persona con la que solía andar. Cuando esta llegó se abalanzó sobre el cadáver y dio un grito de dolor al toparse con su amigo muerto. Luego de un momento el dolido se retiró y dejó el cuerpo allí, tirado en la acera. Aunque quería correr no podía hacerlo, siempre tenía al muerto frente a mí, parecía seguirme a todos lados. Desperté transpirado y con una palpitación intensa en la cabeza. Me tranquilizó sentir los latidos del corazón de Luz, verla tan dócil a mi lado, tan serena en su dormir. Era muy temprano aún para despertarla. La contemplé por varios minutos; rocé con las manos su cabello rubio, acaricié su rostro lunarejo y terminé por besar su frente con ternura. Debió sentirme, pues de un de repente le brotó un suspiro, pero continuó dormida.  Quizás en la profundidad de su sueño, recordaba aún el extraño incidente de hace unas horas… Nos habíamos dormido hablando del tema.  Para ella la brujería estaba dirigida hacia mi hermana. “Un muñeco, un chupón, una sonaja. Creo que le quieren hacer daño a Angela”.  Yo tenía mis dudas al respecto, pues mi hermana nunca subía al gimnasio. Si alguien tratase de hacerle daño, podrían dejar lo que fuere en el balcón de nuestra casa, que da justo a la ventana de su habitación. Años atrás, cuando ese cuarto era ocupado por mis padres, aparecieron allí flores bañadas con fragancias esotéricas y un animal raro que caminaba en dos patas; algo muy parecido a un Kiwi,  pequeño pájaro no volador que habita en Nueva Zelanda. ¿Cómo había llegado hasta allí el ave? Tenía el tamaño de un pato tierno con el pico puntiagudo largo, y un par de patas  con tres dedos que terminaban en pequeñas garras. Nunca supimos cuánto tiempo estuvo allí el animal. Mi madre recordaba haber oído durante varias noches ruidos extraños en el balcón, pero no le tomó importancia, hasta que una madrugada el ave comenzó a picotear con fuerza el vidrio de la ventana, tratando de ingresar a la habitación. Papá se levantó de golpe. ¡Quién mierda anda allí!, gritó, pesando que el perturbador era un ladrón, pues ya antes habían ingresado a robar por esa parte de la casa. Nadie le respondió, y el picoteo continuó, aunque a un ritmo más lento. Entonces, a pesar de que mi madre trató de persuadirlo de llamar primero a la policía, salió furibundo a darle caza al intruso. Cuando se topó con el animal sintió más temor del que habría experimentado teniendo al frente a un ladrón. El ave se le quedó mirando y en lugar de espantarse, se paró firme con intenciones de arremeter si era atacada. Papá contó que aquél fue el pájaro más horrible que había visto en su vida. Lo primero que pensó fue que se trataba de algún ser maléfico. “Ese tipo de animal no era de este mundo”,  repetía cada vez que se animaba a relatar la historia durante el almuerzo, aunque nunca habló de un posible responsable o dijo que se trataba de brujería, no sé si por temor a causar miedo entre sus pequeños hijos  o porque en realidad no tenía la menor idea de quién podría estar detrás de aquél ataque con  hechicería a nuestro hogar. En ese tiempo, con nueve años, aquella historia me sonaba fantástica. Deseaba en silencio, enfrentarme a un pájaro como aquél, acabarlo a escobazos como lo hizo papa, o mejor aún cortarle la cabeza con un hacha, eso resultaría más efectivo para repeler el mal; luego quemaría el cuerpo en la calle, así como mi padre.

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Octavo Capítulo)

  VIII “Porque  no es nuestra pelea solamente contra hombres de carne y sangre: sino contra los príncipes, y potestades, contra los adali...