sábado, 2 de enero de 2010

EL AMOR ES PARA LOS VALIENTES

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Acabo de despertar. Sí, lo acepto. Un nuevo día está mirándome, me coquetea tratando de seducirme con los abrazos del sol que ingresan a mi cuarto por la ventana. La verdad, yo no quiero saber nada de lo que hay más allá de la puerta. Los últimos días me la he pasado haciéndome el cojudo en estas cuatro paredes: jugando solitario con los naipes, escuchando música cristiana, leyendo la Biblia, tratando de terminar un cuento al que hace meses no le puedo desenredar la trama, escribiendo poemas inspirados en la mujer que destrozó mi corazón al decirme sin titubeos y con la frialdad de un témpano de hielo que ya no me quería. No sé en qué momento mi vida se fue a la mierda por completo. Todo pasó tan rápido, que algunos días pienso que todo este desconcierto no es más que una pesadilla. La peor de mis pesadillas. Otras veces, en cambio, cuando mi alicaído ego se levanta como un fénix y empiezo a dármelas de filósofo, asumo que esta humareda de desencantos y frustraciones no se produjo de la noche a la mañana sino que se fue formando poco a poco a través de los años. La mierda me iba cayendo a trocitos  pero no me di cuenta hasta que la tuve toda sobre mi cabeza, a mi alrededor, en mi cuarto, en mi vida entera.