martes, 26 de agosto de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Séptimo Capítulo)

VII
La cercanía de la Navidad distrajo mi atención, haciéndome olvidar, que una caja conteniendo un malévolo trabajo de brujería, había aparecido en la parte posterior del gimnasio. Fue como si todo quedara de pronto en blanco, como si alguien arrancara la página del libro donde estaba escrito ese capítulo misterioso de mi vida. No es que disfrutara las celebraciones de la Pascua, pues desde que Juanchi dejó de sentarse en nuestra mesa, la navidad se convirtió en un acontecimiento pálido. La última Nochebuena que pasamos juntos hubo más de un motivo para celebrar. Dos días antes culminé con éxito la primaria y en mérito a mis buenas calificaciones papá me obsequió cinco mil intis, un billete color azul con el rostro imponente de Miguel Grau. Por primera vez tenía tanto dinero como para comprar un arsenal de cohetones, cohetecillos, bombardas y luces de bengala. Las noches previas a esa navidad hicimos temblar el barrio, haciendo explotar debajo de las puertas los pirotécnicos que compramos con mi premio. Resultaba muy gracioso ver salir espantada a la gente, presumiendo que algún explosivo había sido detonado en su frontis, ya que por entonces los grupos subversivos aún operaban en la ciudad y la ciudadanía andaba al pendiente de cualquier ataque terrorista; mientras nosotros mirábamos el barullo, agazapados en los arbustos del jardín de la familia Fernández. Pero ya está dicho que no existe crimen perfecto. Cuando fuimos descubiertos papá recibió las quejas de la señora Izaguirre, también de la renegona Paredes y doña Emperatriz, sumándose a esa horda de acusadoras doña Risco, una mujer que tenía cuatro hijas muy guapetonas, a las que por entonces todos en el barrio rondaban con fines amorosos. Este cuarteto de mujeres le advirtieron a mi padre que si continuábamos espantando a su prole con tremendas explosiones, harían justicia por su cuenta, lo que significaba una persecución incansable hasta vernos pidiendo perdón de rodillas. Papá las escuchó con atención en la puerta de casa mientras nosotros aguardábamos el inminente castigo en el dormitorio. Conociendo a mi padre, nos esperaba una buena latiguera. Pero nada de eso ocurrió. Creo que esa fue la única vez que nos salvamos del castigo por una travesura cometida y debió ser porque papá se encontraba orgulloso de lo que Juanchi y yo habíamos hecho en la escuela aquél año, pues además de las buenas calificaciones y haber obtenido el primer lugar en el torneo de fulbito intersecciones, a finales de diciembre estrené en la clausura escolar mi primera obra de teatro. El guión se titulaba: El drama  de los ricos y los pobres. Una representación cuyo reparto estuvo conformado por dos compañeros del sexto grado y seis alumnos del quinto grado, entre ellos mi hermano. Esa ocasión Juanchi demostró un talento histriónico inédito representando con maestría al hijo mayor de la familia pobre. Pasada la clausura,  no recuerdo con claridad si fue idea de Juanchi o mía continuar con nuestra carrera explosiva en el barrio; pero ese afán casi le cuesta un pie a la hija mayor de doña Risco. El cohete perseguilón que colocamos  debajo de su puerta salió disparado a una velocidad inusual y alcanzó la mesa donde cenaban, explotando justo en el pie de Mechita. Por suerte la detonación solo alcanzó a negrearle los dedos. A pesar de que no fuimos vistos infraganti, cualquiera podía asegurar que los responsables éramos nosotros, los pequeños demonios de la cuadra once de Espinar. Teníamos la suficiente cantidad de antecedentes para ser inculpados, así que esta vez ninguna excusa pudo librarnos de la buena tunda de correazos que papá nos dio. Desde ese tiempo hasta ahora, la navidad fue destiñéndose en el barrio. Cada vez eran menos las casas decoradas con luces navideñas en sus ventanas y poquísimos los niños que se arriesgaban a jugar con pirotécnicos en la calle. Diciembre transcurría como un mes nostálgico y triste. Mucho más en mi casa, donde las cenas navideñas se volvieron un compartir parco. Pero esta nueva Navidad el embarazo de mi hermana Angela trajo nuevos bríos a la familia; después de varios años las ventanas lucían adornadas con luces de colores, volvieron a colocarse adornos decorativos en las paredes y desempolvamos el viejo árbol navideño para lucirlo en la entrada de casa. La forma puntiaguda que había adoptado la barriga de Angela indicaba que dentro de pocos meses se sumaría una niña a la familia. Eso era lo que mi madre vaticinaba, aún mucho antes de que una ecografía diese el veredicto final. Después de cinco alumbramientos mamá podía determinar el sexo del bebé con sólo observar la forma del vientre. Supongo que esa debe ser una cualidad especial, que algunas mujeres desarrollan debido a su vasta experiencia maternal.