domingo, 16 de febrero de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Tercer Capítulo)

III
Mi habitación es un lugar pequeño, al que he tratado de convertir con los años en un sitio acogedor. Gran parte de las cosas que poseo se encuentran aquí: una colección de clásicos de la literatura, mi computador de mesa y una portátil, archivos importantes, entre otros objetos que tienen un especial valor emocional para mí. Hace poco compré muebles nuevos y pinté las paredes de celeste cielo y blanco humo para darle mayor iluminación; pero hace veintitrés años, cuando había apenas dos camas, una pequeña mesa donde realizábamos las tareas y un ropero herido por nuestras travesuras de niño, mi madre se vio obligada a cambiar el orden de las cosas para borrar el recuerdo de Juanchi. “Si quieres puedes pasarte a otra habitación, al menos por un tiempo mientras olvidas todo lo que pasó”, me sugirió mamá una semana después de la muerte de mi hermano. No quise hacerlo. Me sentí incapaz de abandonar este cuadrado. Sabía que iba a enfrentarme a una montaña de recuerdos. Las paredes estaban repletas de sus garabatos, mi madre había querido conservar parte de sus prendas en el ropero, los cuadernos de la primaria seguían sobre la mesa manteniendo el orden que papá imponía y había, además, en una de las gavetas del guardarropa, dos álbum de fotografías donde quedó registrada toda su niñez. Él parecía seguir aquí. A veces solía verlo entrar por la puerta y recostarse en la cama, mirarme con sus ojos grandes y saltar sobre mí para jugar a las peleaditas. El fútbol callejero de verano y las peleas cuerpo a cuerpo, que en ocasiones adquirían tal realismo que acabábamos con el rostro rasguñado y los brazos repletos de moretones,  eran los juegos más felices de ese tiempo. También nos gustaba ir a trote los sábados muy de mañana, junto a otros niños del barrio, hasta el río Lacramarca.  A veces papá iba con nosotros y se pasaba todo el trayecto exigiéndonos correr más a prisa. Lo primero que hacíamos al llegar al río, era armar dos arcos con piedras en la explanada. Los partidos eran intensos. Juanchi corría mucho, superaba a todos en velocidad y acababa siempre con las mejillas coloradas. Luego del juego se hacía necesario un chapuzón. Una vez, mientras nadábamos alegremente, alguien aprovechó unos minutos de descuido y se apropió de nuestras prendas. Al salir del agua descubrimos que las zapatillas, los polos y el dinero de papá habían desaparecido, así que sólo nos quedó retornar a casa descalzos, soportando el hincón de las pequeñas piedras del camino que hicieron difícil el trayecto.  A ratos, mientras las fuerzas me lo permitían, llevaba en la espalda a Juanchi. Mi padre hacía lo mismo con Pepe, quien tenía seis años y sufría mucho caminando.

Durante el verano solíamos pasar el día juntos, la mayor parte del tiempo haciendo travesuras, algunas de las cuales eran descubiertas por papá, quien nos castigaba enérgico, tal y como ocurrió cuando salimos de casa un domingo al medio día sin pedir permiso, y nos dirigimos hasta la librería la Cultura en el jirón José Olaya (a seis cuadras de distancia) para comprar figuritas del álbum que coleccionábamos por entonces. Esa tarde la mala fortuna rondó, pues cinco minutos antes de  llegar, la librería había cerrado. Cuando estábamos listos para pegar la vuelta, Pepe resbaló en una cáscara de plátano y se rompió la ceja en el filo de la berma.  Un chorro incontenible de sangre empezó a brotar a la altura de su frente. Fueron minutos de zozobra  los que vivimos.  Mientras Juanchi sostenía al pequeño Pepe,  yo avancé hasta el borde de la pista y le hacía señas a los vehículos para que se detuvieran. La mayoría pasaba contemplando la triste escena, algunos se paraban un momento y luego seguían su rumbo. Creí que mi hermano fallecería desangrado. No sabía qué más hacer. Qué intentar para conseguir ayuda. Preso de la desesperación solté un llanto angustioso. Juanchi me acompañó en esa melodía lacónica.  Debimos haber llorado muy fuerte, pues fue recién en ese momento que un grupo de personas se apostó a nuestro alrededor para socorrernos. “Este niño se ve muy mal…¿De dónde son? ¿Saben cómo llegar a su casa? ¿Alguien los conoce?”, oía las voces que preguntaban. “Yo los conozco”, dijo de pronto una mujer que se adelantó a la multitud y ayudó a contener momentáneamente la hemorragia de mi hermano presionando un pedazo de papel higiénico contra la herida. Nunca la había visto. Podría tratarse de alguna amiga de mamá o quién sabe si fue  un ángel enviado por Dios para socorrernos. Lo cierto es que la señora paró un taxi, cargó a mi hermano y lo colocó en la parte posterior. Luego me pidió que continuara haciendo presión sobre la frente de Pepe. Juanchi se sentó a mi costado y ella hizo lo propio en la parte delantera.  En cinco minutos estuvimos en la puerta de mi casa.  Antes de bajar del vehículo sabía la que nos esperaba. Mi padre se pondría furioso por haber salido sin su permiso. Nos recordaría que la desobediencia traía malas consecuencias y para muestra un botón: la ceja rota de mi hermano. El sermón iría acompañado, desde luego, de una tunda de latigazos.  Tanto Juanchi como yo sabíamos lo que era eso, lo severo que solía ser papá. ¿A quién castigaría primero? A mí por ser el mayor, o aplicaría la rectitud para todos los implicados.

Un soplo de vida brotó en mi interior al enterarme que papá no se encontraba en casa. Mi madre salió a recibirnos y con delicadeza agradeció a la mujer que nos trajo. Por un momento pensé que nos libraríamos del castigo. En el trayecto había venido tramando una excusa creíble que nos colocara en el bando de los inocentes. La ausencia de papá me daba tiempo para terminar de hilvanar un buen argumento.  Cuando él se apareció a los diez minutos, ya tenía claro lo que iba a decir. ¡Saldría de esta!  Pero no contaba con la honestidad de Juanchi para decirlo todo, asumiendo su responsabilidad en el incidente. Aunque el azote dolió, a partir de ese día descubrí la nobleza interior de mi hermano.  A pesar de su corta edad tenía un espíritu bondadoso e intrépido. Lo admiraba en silencio por su valentía. Nunca tuve tiempo de decírselo, de agradecerle por las veces que estuvo a mi lado para ayudarme, como aquella ocasión que decidí emprender un negocio de venta de marcianos de fruta en el estadio Ciudad de Pensacola, aprovechando la concurrencia masiva de niños en las academias de fútbol de verano. “Voy contigo”, me dijo sin que yo se lo propusiera. No le había pedido su apoyo pues consideraba que era muy pequeño para iniciarse en el trabajo. Al principio supuse que Papá se opondría a mi idea, pero, por el contrario, la avaló e incluso prestó el dinero para comprar los ingredientes y preparar los marcianos de fruta.  “Si alguna vez han de convertirse en hombres de trabajo, es bueno que empiecen desde ahora”. Mamá se encargó de licuar la fruta y darle el toque exacto de azúcar a los néctares de lúcuma, maracuyá y tamarindo. Juanchi y yo embolsamos el jugo en bolsitas de plástico que antes solíamos llenar de agua para jugar a los carnavales.  Una tarde salimos de casa cargando la caja de tecnopor que mi abuelita Felipa nos obsequió, repleta con sesenta marcianos bien helados, duros como una roca. Mi hermano se encargó de venderlos todos. Ofrecía el producto como un vendedor curtido. Yo cobraba el dinero. Debo admitir que no hubiese sobrevivido sin su ayuda. Cuando retornamos a casa mamá se sorprendió del éxito obtenido. “Juanchi es un crack vendiendo marcianos”, le conté emocionado.  El pequeño Juan era muy osado, algo que mi timidez infantil no me permitía imitar. De niño, tenía por las madrugadas, un sueño que se apoderaba de mi subconsciente con frecuencia. Nuestro barrio era un campo de batalla donde se libraba una guerra descomunal. Juanchi combatía a mi lado. Brincábamos por las azoteas, rifle en mano, para esquivar el tiroteo. Las balas  venían de todas las direcciones. No identificaba al enemigo con el que combatíamos, tampoco el porqué del enfrentamiento, parecíamos estar inmiscuidos en un pleito que no era el nuestro.  En un momento del sueño debíamos saltar para evitar la explosión de una granada lanzada desde un helicóptero, pero mi hermano decidía quedarse a pelear. Aunque conseguía sobrevivir al estallido, luego terminaba siendo abatido por un grupo de soldados. A  veces  el sueño cambiaba de escenario y el enfrentamiento se producía dentro de casa. En ambos casos Juanchi era quien peleaba con más ahínco y sucumbía, siempre, a manos de un enemigo irreconocible. Con los años llegué a entender que aquél sueño mostraba la personalidad intrépida de mi hermano y dejaba al descubierto mi temor a la muerte, un miedo que solía arrastrarme hacia la depresión. No sé si él también le temía al final. Un mediodía estuvimos a un centímetro de morir aplastados por un automóvil. Mi madre me había ordenado ir a comprar unos ingredientes que le faltaban para completar el almuerzo. La tienda estaba volteando la esquina. Un trayecto corto y sin riesgo que solía hacer con frecuencia. Juanchi, como cada vez que salíamos juntos, me tomaba de la mano. Al retornar a casa, justo a mitad de la calle, tropecé con una piedra y caí, jalándolo conmigo. En ese preciso momento un auto venía de sur a norte a una velocidad permitida. Aunque éramos muy pequeños, el chofer alcanzó a vernos y frenó justo antes de golpear nuestras cabezas con el parachoques del vehículo. Mi única reacción fue abrazar con fuerza a mi hermano y cerrar los ojos. Cuando los abrí, tenía a mi costado al hombre que conducía. Se le notaba nervioso, asustado. “¿Están bien? ¡Por poco y los mato niños!”. Miré a Juanchi y respiraba tranquilo, su corazón latía en calma, no como el mío, cuyas pulsaciones se habían acelerado. Me levanté despacio y lo ayudé a pararse. Una paz angelical brotaba de sus ojos, como si en ese momento se hubiera acercado más al cielo. Su mirada nunca se turbaba, ni siquiera en los momentos de más apremio. Por muchos años, después de su fallecimiento, solía escuchar su voz al otro lado del teléfono, confundiéndola con la de otros niños; oía sus carcajadas inundando la casa, percibía su presencia en mi habitación y llegué a establecer con él una comunicación que las fronteras de la lógica se encargarían de negar. Pero yo estaba seguro de que era Juanchi quien me susurraba cosas al oído y respondía las preguntas que le hacía. Sabía que me visitaba por las noches en esta habitación que compartimos hasta el día de su muerte.  

Mi hermano Juan  era un niño sano, alegre, bullangero, travieso como cualquier infante de nueve años. La única vez que lo vi liarse a golpes con otro chiquillo, fue cuando le tiraron agua desde un segundo piso. Volvió a casa furioso, se puso ropa seca y salió a esperar al faltoso en la esquina. Cuando este apareció se abalanzó sobre él; sin darle opción a reaccionar  le dio sus buenas trompadas. Ya de vuelta, la madre del infante, que  había visto todo al retornar de la tienda, lo interceptó y le dio tremenda regañada dejándolo en vergüenza. Al ingresar a casa tenía los mentones rojos como el tomate. Pasó de frente sin decir nada, refugiándose toda la tarde en un pequeño cuarto ubicado en la parte posterior de nuestra vivienda, donde iban a parar los objetos en desuso. Allí había una radiograbadora en la que solíamos grabar nuestras voces simulando la narración de partidos de fútbol o fungíamos de reporteros de guerra que cubrían sangrientas batallas en el Golfo Pérsico. Varias semanas después de su muerte, mi madre decidió tirar a la basura toda esa chatarra. “La grabadora no mamá, quiero conservarla”. Dentro de ella había un cassette, el mismo que regrabábamos infinidad de veces. Empecé a oírlo. Se escuchaba mi voz con nitidez, a ratos hacía el ruido de explosiones, balaceras, gritos de heridos. La cinta siguió corriendo por varios minutos en ese vaivén bélico hasta que se produjo un corte de golpe. Un chirrido dio paso a la voz de Juanchi, cargada de ira, lanzando insultos a la mujer que lo había avergonzado, que dicho sea de paso tenía fama de quita maridos en el barrio. Esa versión de mi hermano me resultaba inverosímil. Nunca quiso contar qué le dijeron, pero oyendo la grabación me quedó claro que muchos secretos de Juanchi, terminaron sepultados con él en su tumba.   

El verano de 1990 fue el último que compartí al lado de Juanchi. Acababa de terminar la primaria y por primera vez luego de seis años tendría que ir a la escuela, a partir de abril, solo.  Se avecinaba una nueva etapa en mi vida. Mi padre decidió matricularme en el Politécnico Nacional del Santa, un colegio de instrucción técnica, exclusivo para varones, que solía conformar una de las mejores selecciones escolares de fútbol de la ciudad. Papá  deseaba que yo continuara con su legado en la empresa Siderúrgica SIDERPERÚ, donde llevaba dos décadas desempeñándose como técnico electricista. Admito que acepté estudiar en el “Poli” porque anhelaba integrar la selección de fútbol, además tenía la ilusión de que el año siguiente mi hermano también pasara a conformar las filas politecnistas.  Iba a costarme ir a la escuela en solitario, no verlo en los recreos ni esperarlo a la salida para retornar a casa; pero los nueve meses del periodo escolar pasarían pronto y el próximo abril  volveríamos a compartir caminatas rumbo al colegio. Así pensaba ese verano sofocante que obligaba a dormir con las puertas y ventanas abiertas por las noches. Mi habitación era literalmente un horno y aunque abríamos todo, el calor no permitía que conciliáramos el sueño. Por eso desempolvamos el juego de Monopolio que teníamos guardado sobre el clóset y nos entregamos a prolongadas horas de compra de casas y hoteles. Daban las tres de la madrugada y los dados seguían rodando sobre la cama. “Una casa en la Javier Prado”. “Un departamento en el Jirón de la Unión”. “Una temporada en la Cárcel”. Pepe también participaba. Tenía siete años  y una mirada pícara que ponía en alerta a quien se topaba con él en su camino, pues el pequeñín de los hermanos era una bomba de tiempo maquinando bromas pesadas. El juego se interrumpía cuando papá hacía su aparición y nos enviaba a la cama regañándonos por la desvelada innecesaria. Sin embargo, aguardábamos que él se fuera para volver a encender las luces y continuar con la partida hasta que el sueño nos iba derrotando y terminábamos rendidos sobre el tablero de monopolio.

Aquél verano nos hicimos muchas fotografías. La gran mayoría fuera de casa. Existe un grupo de imágenes tomadas en el estadio Manuel Gómez Arellano, que grafican el cambio de ánimo en el alma de Juanchi. A mediados de enero llegó a Chimbote el club Universitario de Deportes, invitado por el equipo de fútbol de mi barrio, Unión Juventud, para realizar un encuentro amistoso. Gracias a que papá conformó la comisión organizadora del evento, fuimos de los pocos niños afortunados que pudieron ingresar al terreno de juego para fotografiarse con los jugadores del equipo crema. En las fotos se puede apreciar a Juanchi sonriente, su cabello castaño brillaba y los cachetes se le habían puesto colorados por el sol. Aquél era el semblante que todos le conocíamos. Siempre risueño y  juguetón. Un niño vivaz de nueve años que nunca había presentado problemas serios de salud. Los primeros días de marzo un nuevo equipo de fútbol profesional llegó al puerto. Sporting Cristal pisó suelo chimbotano con algunos jugadores consagrados y un grupo de reservistas como Flavio Maestri y Pablo Zegarra, que años más tarde integrarían la selección nacional. Otra vez estuvimos en el centro del campo posando junto a los futbolistas. Juanchi ya no era el mismo, algo parecía haber trastocado su alegría. Se le notaba cabizbajo, abstraído en una tristeza que nadie reconocía en él. En las fotos aparece con un gesto de desgano, mirando incluso hacia otro lado, como si tuviera una bomba en el cuerpo que podría explotar si sonreía. Tres semanas más tarde mi hermano dio a conocer un dolor en su pierna izquierda, a la altura del aductor. Mamá lo examinó un domingo y frotó con amor durante las dos primeras noches, pero la dolencia no cesaba. El malestar se debía a un estirón que contrajo al elevar la pierna hasta el filo de un muro de ochenta centímetros levantado al final de las escaleras del primer piso de la casa. Eso fue lo que él mismo contó.  A simple vista el esfuerzo no parecía ser tan fuerte como para causarle tanto dolor. Pero Juanchi lloraba de una manera que nos conmovía a todos. Su llanto angustioso se hacía más intenso al anochecer. Era como si algo lo torturara por dentro. Mi madre había probado con frotaciones, paños de agua tibia y emplastos de llantén para aliviarlo pero ninguna de las recetas caseras sirvió, así que el martes por la tarde papá llevó a mi hermano hasta Santa, donde un huesero lo estrujó  tratando de poner en su lugar algún hueso o articulación movida por el esfuerzo realizado. Pero ni eso consiguió sosegar su sufrimiento. Mi madre padeció junto a él los seis días que estuvo en cama. Trasnochaba cuidándolo, siempre alerta  a sus quejidos. El viernes dio la impresión que al fin las atenciones de mamá habían resultado aliviadoras, pues Juanchi abandonó la cama cerca de las diez de la mañana y bajó a pedir su desayuno. Reclamó un par de panes con mantequilla y bebió con buen ánimo un tazón de quaker. “Mami quiero que vayamos  esta tarde de paseo al vivero”, pidió como si mi madre fuera el genio de la botella. Mamá lo miró entusiasmada. El rostro se le inundó de amor y allí mismo empezó a organizar el paseo. Llamó por teléfono a la señora Felicita, madrina de su matrimonio, para pedirle se uniera a la excursión junto a sus hijos; una vez que obtuvo la respuesta afirmativa ordenó la sala en un santiamén,  preparó el almuerzo y dio indicaciones para ir a la ducha y ponernos, luego, la ropa nueva que papá nos había comprado la semana anterior.  A las tres estuvimos listos para salir rumbo al vivero. La señora Felicita llegó acompañada de sus hijos Josué y Elizabeth, además de su sobrino Coco, con quienes solíamos compartir horas de juego.  “No olviden la cámara fotográfica niños”, recordó mamá, antes de partir. Esa tarde Juanchi fue el niño saludable y juguetón que todos conocían. Se balanceó en los columpios, giró durante varios minutos en el trompo, bajó por el tobogán repetidas veces  e hizo el papel de fotógrafo. “Posen todos juntos que yo les haré una foto”, ordenaba como un experto de la fotografía. “Ahora déjame hacerte unas a ti”. Juanchi se paró en medio del camino, puso los brazos en jarra y sonrió a medias. Esas fueron las últimas fotos que le hice. Las fuerzas no le alcanzaban para sacar su mejor sonrisa. Estaba más delgado que hace una semana, con los pómulos ensombrecidos por las malas noches y una ligera cojera que no le impidió corretear toda la tarde.  Al retornar a casa Juanchi se tendió sobre la cama y en menos de una hora retomó su lamento lacerante. Así se pasó toda la madrugada hasta el amanecer del sábado veinticuatro de marzo que despertó con un tono diferente de piel y una voz fantasmal. Al verlo así mi madre supo que la muerte ya lo tenía dispuesto para llevárselo.

Aquella madrugada de sábado tuve el primer sueño premonitorio que puedo recordar. Fueron imágenes muy nítidas las que llegaron a mi mente; por eso cuando desperté podía acordarme de todo con exactitud. En medio de nuestra sala había un pequeño ataúd blanco. Bajé  por las escaleras y corrí espantado a mirar quién se encontraba dentro. Al llegar descubría que Juanchi estaba encerrado en la caja, tenía los ojos semi abiertos y los orificios de la nariz taponeados con algodones. Me levanté sobresaltado y encontré a mamá angustiada junto a mi hermano. “Juanchi está mal, voy a llamar a tu papá urgente para que venga y lo lleve al médico. Yo lo veo muy mal a tu hermanito”, me dijo entre sollozos. Mi padre hacía el turno de cinco de la mañana a una de la tarde en SIDEPERÚ. A las nueve y un poco más estuvo en casa, sólo veinte minutos después de que mamá lo llamara.  Tomó a Juanchi en brazos y salió hacia la calle para abordar un taxi y enrumbar hacia el doctor Chang, uno de los pediatras más reconocido de la ciudad. Dos horas más tarde  estuvieron de vuelta. Mi hermano traía el rostro en paz. Yo diría que hasta aliviado de su angustioso dolor. Ingresó caminando muy tranquilo, llegó a la cocina y se sirvió un vaso con agua, luego subió las escaleras hasta  nuestra habitación.  “El doctor le sacó análisis de sangre y orina…los resultados me los dará antes de la una. Allí sabremos con certeza lo que tiene. Mantén la calma María, no dejes que él te vea llorar porque lo angustias y eso es peor”. Durante las dos horas que tardaron en llegar los resultados del análisis clínico, mi hermano probó a divertirse primero con una partida de Monopolio que terminó mucho antes de empezar a tirar los dados, luego me pidió jugar a las cartas, pero en la segunda ronda bostezó de aburrimiento. “Juguemos Atari. Voy a ganarte esta vez”. La televisión y el video juego se encontraba en el cuarto de mis padres, de esa manera papá regulaba su uso, pero el momento no estaba como para negarle algo a mi hermano. A la una de la tarde mamá nos subió el almuerzo y sorprendió en medio de un intenso combate de naves espaciales. “¡Te gané! Es el segundo juego que te gano”, hablaba triunfante el pequeño Juan. “Hora de comer niños, apaguen la televisión”. Mientras almorzábamos un plato de arroz con pollo oímos ingresar a Papá. Apenas oyó su voz, mamá bajó presurosa para saber el resultado de los análisis.  Las noticias no fueron alentadoras porque cuando mi madre retornó a la habitación, abrazó con tenacidad a Juanchi y se echó a llorar sobre su hombro.  “Qué tienes hijito. Qué es lo que te pasa”. Mi padre subió tras de ella y la separó. “Calma María, no te pongas así, sólo asustas a los niños”. Mi hermano estaba tranquilo. “No llores mami yo voy a estar bien”. Eso no era cierto, a pesar de que los análisis resultaron negativos, aduciendo que mi hermano se encontraba en buen estado de salud; su voz se oía desgastada, traía los ojos hundidos y presentaba unas extrañas manchas marrones a la altura de la cintura y parte de su abdomen. Durante el día no expresó dolor alguno. Daba la impresión de haberse curado, a pesar de que su semblante era el de alguien que está a un paso de la muerte. “¿Podemos seguir jugando?”, me pidió dejando a la mitad su plato. Reiniciamos el enfrentamiento espacial sin detenernos hasta las tres de la tarde. A esa hora pronunció sus últimas palabras. “Ya me cansé hermano. Es hora de irme. Cuídate mucho, sí”. Me quedé espantado al oírlo. ¿A dónde se iría? Caminó hasta nuestra habitación y se echó en la cama quedando con la mirada fija hacia el techo. Diez minutos más tarde mi padre retornó de la Farmacia con unos analgésicos en supositorio que el doctor Chang había recetado para calmarle el dolor de su pierna. Juanchi parecía estar apartado completamente de la realidad, esperando un desenlace que quizás él ya conocía. Mamá ayudó a colocar el medicamento. “Tranquilo hijito te pondrás bien, no te muevas por favor”. Mi hermano no tenía la menor intención de moverse, su tiempo se agotaba y con él sus fuerzas, la sonrisa chispeante que lo hacía diferente al resto de niños… Tenía sólo nueve años y la muerte merodeaba nuestra habitación para llevárselo. Sólo un minuto después de que el líquido recorrió su cuerpo empezó a convulsionar. Fue un momento espantoso ver que lo perdíamos, sentir que se nos era arrebatado sin explicación. ¿Qué cosa podía estar acabando con su vida si los análisis daban a saber que ninguna enfermedad amenazaba su organismo? Juanchi murió en brazos de mi padre; su final desató el llanto desconsolado de mamá, quien experimentó por primera vez la destrucción de su corazón. No sabía dónde esconderme. Los gritos desolados me hicieron correr. Bajé hasta la cocina y me coloqué en un rincón, cerré los ojos esperando a que alguien me despertara para decirme que aún seguía atrapado en el sueño que había tenido esa madrugada. Eso tenía que ser,  un horrible sueño. Mi hermano Juan no podía morirse siendo tan bueno. Alguien me jalaría del cabello en cualquier momento y haría que despertase de aquella pesadilla. Esperé varios minutos y la bulla fue haciéndose mayor. Los vecinos habían alcanzado oír los gritos de mis padres y se apersonaron a ver lo que ocurría. Todos quedaron boquiabiertos. Nadie podía creer que Juanchi, el niño travieso que en más de una ocasión les robó una sonrisa, hubiese muerto.  

Luego del velatorio y el entierro la casa quedó convertida en un desorden apocalíptico. Tardamos dos semanas en poner las cosas en su lugar. Mamá se encargó de remover los objetos que pertenecían a Juanchi. Encajonó sus cuadernos antiguos y guardó en costales parte de la ropa que no pudo ingresar en el cajón. Yo le pedí quedarme con algunas prendas y conservar la pequeña radiograbadora. También guardé las fotografías de nuestra niñez y permanecí en esta habitación a pesar de enfrentarme a diario con su ausencia. Mi madre era quien más sufría. Bastaba con ponerse a mirar las fotos de Juanchi para desplomarse en un llanto que la hundía en una pena que daba la impresión nunca terminaría. Fue por ese motivo que no me animé a revelar, sino hasta luego de seis años, las últimas fotos que nos tomamos en el vivero, un día antes de su muerte.


Un final así tan repentino, sin una explicación médica que argumentase las razones de la muerte de un niño saludable, generan siempre suspicacias. Mi madre pasaba los días con la incertidumbre de no saber cuál había sido el motivo real que terminó con la vida de Juanchi.  Consultó con otros médicos, pero ninguno consiguió dar un veredicto certero. A las luces de la medicina se trataba de una muerte extraña. “Nadie muere por un estirón en la pierna. Quizás el niño contrajo alguna bacteria en la comida y eso determinó su muerte”, trató de explicar uno de los galenos. Otro lanzó la hipótesis de la aparición de alguna enfermedad desconocida, que estaría presentando sus primeros casos en la ciudad.  Para mi madre, quien había padecido en su primer año de matrimonio un raro mal que los médicos no consiguieron sanar, y tuvo que ser atendida por un brujo que la curó con hierbas y brebajes, las teorías médicas quedaban descartadas.  Carcomida por la duda decidió  acudir una noche hasta la casa de una curandera que adivinaba el futuro a través del tarot. Esta mujer era una conocida de la familia, que solía curarnos del mal de ojo cuando éramos niños recién salidos del cascarón. Aunque mamá no quiso que la acompañara a la cita, insistí tanto que al final tuvo que llevarme. “El niño que se quede fuera”, pidió la mujer al verme llegar junto a mis padres. Pasé media hora sentado en la salita de espera, hasta que papá y mamá aparecieron por la puerta con el rostro espantado, como si la respuesta que obtuvieron de la curandera les hubiera causado un remezón en el alma. Apenas estuvimos en casa, cerraron la puerta y ventana con llave y cerrojos, luego se reunieron en mi habitación para soltar la verdad como una guillotina. “A Juanchi lo mató la brujería”. Mi corazón retumbó, fue como si ocurriera una explosión allí dentro. No sabía aun lo que eso significaba, pero entendía que nada bueno debía ser. Durante mucho tiempo me resistí a creer en la posibilidad de que alguien arraigara  tanta maldad en el corazón como para realizar algún hechizo o trabajo de brujería con la finalidad de acabar con la vida de alguien. Todo indicaba que un malsano ser dejó en nuestro frontis un puñado de tierra de cementerio, cuyo mal aire fue absorbido por el alegre Juanchi. ¿El final? Pues ya todos saben que mi hermano falleció el 24 de marzo de 1990.

Durante casi una década viví  incrédulo ante la versión de que aquél trabajo de brujería había sido la causa que mató a Juanchi.  Pero ese muro infranqueable se derrumbó cuando Marilyn me leyó por primera vez las cartas españolas y describió mi pasado con la exactitud de un biógrafo. Esa noche supe con certeza, que por alguna razón que no alcanzaba entender aún, la maldad se había ensañado con nuestro hogar.





3 comentarios:

  1. Realmente una buena historia . Te lusiste

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  2. Gracias por seguir la historia. Por apreciar estas páginas. Pronto el cuarto capítulo....

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  3. Me conmovió leer esos parrafos... FELICIDADES!

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