lunes, 1 de diciembre de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Octavo Capítulo)

 VIII
“Porque  no es nuestra pelea solamente contra hombres de carne y sangre: sino contra los príncipes, y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires”. (Efesios 6:12). Encontré el versículo resaltado con amarillo en la inmensa Biblia que tenía sobre el escritorio de mi habitación. Mamá debió haber hecho uso del resaltador fosforescente sobre este corto párrafo cuando el libro sagrado estaba en su poder. La tinta parecía ser de hace varios años; así que lo más probable es que su origen esté relacionado con los ataques de hechicería lanzados contra nuestro hogar. Mi madre solía combatir el peso de su tristeza por la muerte de Juanchi leyendo pasajes de la Biblia; yo la había sorprendido en más de una ocasión entregada a la lectura por las tardes, horario en el que usualmente daba una siesta. Seguro que la angustia que sentía en el alma superaba al cansancio que le producía su ajetreada rutina diaria, pues aunque notaba que el sueño la derrumbaba a ratos, ella persistía en su afán de sosegar la pena con versículos esperanzadores. La quedaba mirando un buen rato sin que lo notara. La veía con ternura pero al mismo tiempo con piedad. “¡Cuánto debe sufrir mamá!”… Desde que se vino a vivir a esta casa en el barrio de Pueblo Libre, apenas al día siguiente de haberse casado con papá, se topó con un tumulto de personas acaloradas que reñían a diario frente a los cinco burdeles que funcionaban ilícitamente en la avenida aviación. La zona estaba infestada, por entonces, de drogadictos y meretrices. Las peleas descomunales eran frecuentes; casi siempre terminaban con alguna cara cortada, cabezas rotas chorreando sangre caliente en las veredas y una cuantiosa cantidad de borrachos meándose en los postes.  Así recordaba mamá sus primeros días en este lugar colindante con el centro de la ciudad, donde parecían haberse reunido todas las lacras del mundo. Hablaba siempre con cautela para no lastimar el orgullo de mi padre, quien por años encabezó la lucha para desterrar los males del barrio. Pero no solo contaba anécdotas sobre burdeles en los que parroquianos con el tufo de cerveza reventándoles por la boca se liaban a golpes, sino que sacaba a relucir la presencia de brujos y curanderos que realizaban sus rituales a escasos metros de nosotros. La hechicera más mentada en los relatos de mamá era Doña Paredes, a quien ella misma creyó sorprender, un amanecer, pegada a nuestra ventana pronunciando rezos malévolos mientras regaba partículas de sal en el frontis de la casa. Esta mujer de rostro cuarteado, piel marrón, que andaba casi a rastras había obtenido  su fama de bruja a mediados de la década del setenta, en pleno apogeo del boom pesquero. Por entonces, ella y su comadre Emperatriz, quien vivía en la morada de enfrente, vendían comida afuera del terminal portuario. Ambas salían de sus casas antes de las cuatro de la mañana; parecían estar sincronizadas o haber realizado un pacto de solidaridad, pues cuando una sufría algún apremio que la hacía tardarse en la salida, la otra esperaba con paciencia en la esquina, para así llegar juntas al terminal. Ante los ojos del barrio y de cualquiera que las viera empujando esforzadamente sus triciclos adaptados como mini puestos de comida ambulante, estas mujeres - más allá del vínculo espiritual que las unía - , eran dos grandes amigas y compañeras. Sin embargo, como diría Juan Rulfo, “nadie ha recorrido el corazón de un hombre”; así que nadie puede saber lo que se siembra en ese guerrero solitario donde están almacenadas nuestras emociones. Aunque tratemos de distinguir los propósitos de un ser humano, estos terminan siendo siempre indescifrables. Ni siquiera la bondad puede reconocerse a través de rasgos como una mirada dócil o una sonrisa amigable; ya habrán oído el dicho: “caras vemos, corazones no sabemos”. Lo cierto es que doña Emperatriz, una mujer de carácter blando que se ganaba el aprecio de los comensales con su buena sazón y carisma, enfermó un día sin razones aparentes. Le aparecieron unos cólicos fortísimos que acabaron por tumbarla a la cama. Sólo una semana después de haber presentado ese mal que la hacía estrujarse  hasta producir un alarido lacerante, falleció. El doctor que la atendió  escribió en el certificado de defunción: “muerte a causa de una fuerte infección estomacal producida por la ingestión de un alimento en mal estado”.  Tan pronto como fueron enterrados los restos, alguien cercano a la difunta contó de que varios días atrás las comadres y amigas inseparables habían tenido un altercado en las afueras del terminal. Doña Paredes le reclamó a su comadre por la desmedida coquetería en el modo con que trataba a los clientes para ganárselos. La señora Emperatriz alegó en su defensa, con una calma angelical que “sólo soy amable con estos hombres que vienen de tan lejos para pescar. Aquí no tienen mujer ni hijos que les sonrían”. Las palabras apaciguadoras no consiguieron calmar la rabia de Segundina Paredes, quien la culpó, con palabras de grueso calibre, de que durante las últimas semanas su comida se hubiera quedado en las ollas. A pesar de la conocida tranquilidad de Emperatriz Montero, esta respondió a los insultos con vehemencia, generándose una discusión que por poco y espanta a los comensales. Aquella fue la primera y única vez que las vieron pelearse en serio. Al día siguiente cada una llegó por separado al terminal. Durante la mañana ni se miraron y al atardecer ninguna se decidía a retornar al barrio, aguardando que la otra diera el primer empujón a su carreta. Era un tira y afloja ridículo, como si se tratara de dos adolescentes peleadas por haberse quitado el novio. Sólo un día después de la riña, doña Paredes se apareció en el puesto de Emperatriz Montero y le ofreció disculpas por el mal rato que la había hecho pasar. Se abrazaron como dos hermanas que se reencuentran después de varios años, comprometiéndose a solucionar, en adelante, las diferencias de manera armoniosa.  Aquella reconciliación fue sellada con un suculento picante de cuy que Segundina le entregó a su comadre, quien para demostrar que aceptaba las dispensas allí mismo devoró el platillo. Para el hombre que contó los detalles de aquél incidente, resultaba sospechoso que al poco tiempo de haber probado la comida, Emperatriz comenzara a quejarse de dolores estomacales que con el paso de los días se hicieron más intensos, hasta terminar por tumbarla a la cama. Pero era más extraño aún, que doña Paredes no se hubiera acercado al velatorio para dar los pésames a la familia de quien consideraban como su mejor amiga. Tampoco acudió al entierro y por semanas dejó de aparecerse en el barrio, ausentándose también del terminal portuario. Por esos días se corrió el rumor de que la mujer había fugado a Bolivia, donde aún vivía su madre, oriunda de la tierra del altiplano; pero fue sólo cuestión de tiempo para volverla a ver andando en Pueblo Libre, con ese rostro duro que espantaba a quien quisiera hacerle frente. Nadie se atrevió nunca a culparla directamente por la muerte de Emperatriz Montero. Todo lo que se decía de ella eran cuchicheos de esquina o murmuraciones en la bodega “Juanita” a la hora en que todas las mujeres se encontraban allí para surtir sus alacenas. Cada vez que la veían aparecer cambiaban rápidamente el tema de conversación y la saludaban con cortesía, pues aunque tampoco lo dijeran, temían terminar envenenadas con cualquier menjunje, tal y como le ocurrió a la comadre Emperatriz.