martes, 26 de agosto de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Séptimo Capítulo)

VII
La cercanía de la Navidad distrajo mi atención, haciéndome olvidar, que una caja conteniendo un malévolo trabajo de brujería, había aparecido en la parte posterior del gimnasio. Fue como si todo quedara de pronto en blanco, como si alguien arrancara la página del libro donde estaba escrito ese capítulo misterioso de mi vida. No es que disfrutara las celebraciones de la Pascua, pues desde que Juanchi dejó de sentarse en nuestra mesa, la navidad se convirtió en un acontecimiento pálido. La última Nochebuena que pasamos juntos hubo más de un motivo para celebrar. Dos días antes culminé con éxito la primaria y en mérito a mis buenas calificaciones papá me obsequió cinco mil intis, un billete color azul con el rostro imponente de Miguel Grau. Por primera vez tenía tanto dinero como para comprar un arsenal de cohetones, cohetecillos, bombardas y luces de bengala. Las noches previas a esa navidad hicimos temblar el barrio, haciendo explotar debajo de las puertas los pirotécnicos que compramos con mi premio. Resultaba muy gracioso ver salir espantada a la gente, presumiendo que algún explosivo había sido detonado en su frontis, ya que por entonces los grupos subversivos aún operaban en la ciudad y la ciudadanía andaba al pendiente de cualquier ataque terrorista; mientras nosotros mirábamos el barullo, agazapados en los arbustos del jardín de la familia Fernández. Pero ya está dicho que no existe crimen perfecto. Cuando fuimos descubiertos papá recibió las quejas de la señora Izaguirre, también de la renegona Paredes y doña Emperatriz, sumándose a esa horda de acusadoras doña Risco, una mujer que tenía cuatro hijas muy guapetonas, a las que por entonces todos en el barrio rondaban con fines amorosos. Este cuarteto de mujeres le advirtieron a mi padre que si continuábamos espantando a su prole con tremendas explosiones, harían justicia por su cuenta, lo que significaba una persecución incansable hasta vernos pidiendo perdón de rodillas. Papá las escuchó con atención en la puerta de casa mientras nosotros aguardábamos el inminente castigo en el dormitorio. Conociendo a mi padre, nos esperaba una buena latiguera. Pero nada de eso ocurrió. Creo que esa fue la única vez que nos salvamos del castigo por una travesura cometida y debió ser porque papá se encontraba orgulloso de lo que Juanchi y yo habíamos hecho en la escuela aquél año, pues además de las buenas calificaciones y haber obtenido el primer lugar en el torneo de fulbito intersecciones, a finales de diciembre estrené en la clausura escolar mi primera obra de teatro. El guión se titulaba: El drama  de los ricos y los pobres. Una representación cuyo reparto estuvo conformado por dos compañeros del sexto grado y seis alumnos del quinto grado, entre ellos mi hermano. Esa ocasión Juanchi demostró un talento histriónico inédito representando con maestría al hijo mayor de la familia pobre. Pasada la clausura,  no recuerdo con claridad si fue idea de Juanchi o mía continuar con nuestra carrera explosiva en el barrio; pero ese afán casi le cuesta un pie a la hija mayor de doña Risco. El cohete perseguilón que colocamos  debajo de su puerta salió disparado a una velocidad inusual y alcanzó la mesa donde cenaban, explotando justo en el pie de Mechita. Por suerte la detonación solo alcanzó a negrearle los dedos. A pesar de que no fuimos vistos infraganti, cualquiera podía asegurar que los responsables éramos nosotros, los pequeños demonios de la cuadra once de Espinar. Teníamos la suficiente cantidad de antecedentes para ser inculpados, así que esta vez ninguna excusa pudo librarnos de la buena tunda de correazos que papá nos dio. Desde ese tiempo hasta ahora, la navidad fue destiñéndose en el barrio. Cada vez eran menos las casas decoradas con luces navideñas en sus ventanas y poquísimos los niños que se arriesgaban a jugar con pirotécnicos en la calle. Diciembre transcurría como un mes nostálgico y triste. Mucho más en mi casa, donde las cenas navideñas se volvieron un compartir parco. Pero esta nueva Navidad el embarazo de mi hermana Angela trajo nuevos bríos a la familia; después de varios años las ventanas lucían adornadas con luces de colores, volvieron a colocarse adornos decorativos en las paredes y desempolvamos el viejo árbol navideño para lucirlo en la entrada de casa. La forma puntiaguda que había adoptado la barriga de Angela indicaba que dentro de pocos meses se sumaría una niña a la familia. Eso era lo que mi madre vaticinaba, aún mucho antes de que una ecografía diese el veredicto final. Después de cinco alumbramientos mamá podía determinar el sexo del bebé con sólo observar la forma del vientre. Supongo que esa debe ser una cualidad especial, que algunas mujeres desarrollan debido a su vasta experiencia maternal.


Por esos días previos a la noche buena, me ocupé de buscar obsequios para mis tres ahijados. El menor de todos es Lucas, un nene de tres años, primogénito de Carlín, amigo del barrio con el que crecimos jugando fútbol en todos los rincones de la ciudad; estaba también Briseida, hija de Puchuro, uno de mis mejores amigos de infancia, a quien apadriné el día de su primer añito; hace poco había cumplido los seis y lucía encantadora; y desde luego, Jazmín, una guapa quinceañera que conocí cuando trabajé en una escuela como Auxiliar de Educación. La jovencita se encariñó conmigo desde el primer día de clases y en octubre pasado nuestro lazo amical se consolidó al convertirme en su padrino. También debía  comprar regalos para mis sobrinos Fabrizio  y Antuanette,  que son como dos hermanos pequeños, pues viven en el inmueble de al lado y suelen pasar gran parte del tiempo en casa jugueteando. Fue una búsqueda alegre acompañado de Luz. Recorrimos los súper mercados, atiborrados de gente y mercaderías, tratando de elegir entre juguetes mecánicos, prendas de niño y peluches el regalo ideal. Era feliz tomándole la mano, abrazándola cuando notaba que el frío invernal prolongado hasta diciembre, empezaba a calar en su pequeño cuerpo que parecía haber sido delineado con un cincel. Después de mucho tiempo podía afirmar que tenía a mi lado una mujer con la que me arriesgaría a compartir la vida en cualquier lugar del planeta. Para ella la navidad tampoco tenía un significado emotivo, sus recuerdos de esa fecha eran melancólicos. Los veinticinco de diciembre a las cero horas en su pequeña casa de Carricillo habían sido noches sin cena ni regalos ni abrazos. Las bombillas solían apagarse antes de las diez, tal y como en los otros días, por una disposición de su padre, Severino. La pequeña Lucecita, escuchaba desde su cama, junto a su hermano Mateo, el reventar de los cohetones y bombardas  que provenían de los anexos vecinos y del mismo Tocache. Afuera mucha gente se estaría abrazando a esa hora, deseándose una feliz navidad; luego partirían un pavo o un pollo bien horneados, comerían panetón y mojarían sus labios con el chocolate caliente. Lo único que ella anhelaba en ese momento era tener cerca a su mamá Justina y decirle que la amaba, apretujar su espalda y quedarse así un largo rato, sintiendo su calor, el amor de sus manos. Aunque la mesa estuviese vacía y no hubiera un árbol de navidad adornado en la sala ni regalos aguardando detrás de la puerta, la ilusión de Lucecita era ver reunida a su familia la noche de navidad. Ese deseo lo vio cumplido cuando se instalaron en San Jacinto, lejos de las guerrillas subversivas y los narcos. Fue un viaje largo el que emprendieron desde la selva. Debió durar varios días, puesto que el primer tramo lo hicieron a pie, escondiéndose entre la mata selvática para no ser descubiertos por los terroristas, quienes buscaban a Severino para cobrarle una afrenta que nunca quiso revelar. El hombre apareció una tarde sofocado con los pantalones remangados hasta la rodilla y la camisa sujetada apenas por dos botones, mostrando su pecho cobrizo. Traía el rostro impregnado de sudor, castigado por el pánico.  “¡Al amanecer nos vamos de aquí! No pregunten por qué. ¡Empaquen y punto!”. Nadie se atrevió a objetar tamaña decisión que iba a cambiar el curso de sus vidas.  Al rayar del alba se marcharon, llevando apenas unas cuantas pertenencias; todo lo demás: la casa, el terreno agrícola donde sembraban la coca, los objetos más pesados, quedaron al cuidado   de un pariente.   

La vida de Lucecita no fue tan diferente en la ciudad costera de lo que había sido en Carricillo. En San Jacinto también tuvo que trabajar a pocos días de haberse instalado en una casucha arrendada que tenía la puerta de entrada venida abajo y un solo dormitorio en el que toda la familia se acomodó como pudo. Tal y como ocurrió en la selva, donde se vio en la necesidad de hacerse a las labores del campo apañando el tomate siendo aún una niña, las circunstancias la obligaron a buscar un empleo. Luego de aquél viaje largo cruzando ríos, montañas y caminos de herradura,  a Severino, su padre, le habían quedado apenas unos cuantos centavos en el bolsillo. Ahora tendría que ser más fácil encontrar trabajo, pensaba mientras recorría las calles del pueblo. Ya no era una niñita de canillas frágiles, el tiempo la había convertido en una radiante adolescente de ojos claros que atraía la mirada de los lugareños. Ella confiaba en la fuerza de sus brazos, tenía el temple para resistir cualquier labor, soportar el maltrato del sol, pelearse incluso con quien osara acercarse con malas intenciones. A pesar del aura triste impregnada en su alma  por los tiempos duros que le tocó vivir durante su infancia en Carricillo, solía vérsele con una sonrisa chisposa que la diferenciaba del resto de jovencitas.

La ciudad tenía alrededor un bosque de pinos, chacras, sembríos, montañas rocosas y un riachuelo que aunque parecía una representación en miniatura del río Huallaga, en cuya cuenca alta se erige Tocache, le recordaban mucho a su tierra natal. En la costa el sol calentaba por las tardes, pero no tanto como para achicharrar la piel, algo que sí ocurría en Carricillo. Las primeras semanas Lucecita extrañaba la lluvia interminable de cinco días, la piedra enorme donde solía sentarse para charlar con la Luna, los cachorros dejados a su suerte en la selva. Pero no podía quedarse cruzada de brazos, atrapada en un mar de recuerdos nostálgicos, mientras sus padres se rompían el lomo trabajando en el campo, sobre todo ahora que eran tres los infantes de la casa. Sonia, la última integrante de la familia, había nacido hace un quinquenio, cuando terrorismo y narcotráfico, dos flagelos eternos del Perú, rebrotaban en el alto Huallaga. El pueblo en  el que acababan de instalarse estaba poblado de gente cálida, bonachona, dedicada en su mayoría a trabajar en la Azucarera San Jacinto, el gran productor de azúcar en la región. Otros lo hacían en los campos de cultivo, como peones arando la tierra, plantando luego las semillas y meses después, en el tiempo de la cosecha, rasgando el maíz o desenterrando las hortalizas.  Las casas estaban pegadas unas a otras; en Carricillo, por el contrario, el vecino más cercano se encontraba a quinientos metros, separados uno del otro por herbazales. En esos primeros días Lucecita recorrió de palmo a palmo los rincones del pueblo al que acababa de llegar, buscando la escuela. Aquella huida inesperada la hizo abandonar las clases sin siquiera despedirse de su maestra y los compañeros. Allí podría estudiar también. Tendría que haber alguna escuelita, quizás no tan pequeña como la de Carricillo, pero seguro que la dejarían continuar estudiando, aprender de geografía e historia, conocer más sobre matemática y lenguaje. Primero  se animó a hablarle a su padre, ese ser fantasmal que propició un escape al que no le encontraba razones. No habían cruzado más que saludos  desde que llegaron, pero igual se acercó a él una mañana y le pidió, sin rodeos, que la acompañase a la escuela; sólo eso quería, no iba a pedirle dinero pues para eso tenía manos y piernas fuertes que le permitían trabajar. Lucecita deseaba mostrarles a todos en ese nuevo lugar, que también tenía un padre preocupado por sus necesidades, interesado en verla feliz, dispuesto a defenderla si alguien intentaba propasarse con ella. Sin embargo volvió a toparse con un ser insensible, mecánico, que debía esconder debajo de su piel algún prototipo siniestro de hombre. “No tengo tiempo para esas cosas. Si quieres estudiar trabaja. Aquí cada quien debe ganarse el pan”. Dolió mucho, como si un fierro caliente le cayera en el corazón. Ese día volvió a llorar de amargura. ¿Por qué papá no podía ser como todos los papás del mundo? Contarle un cuento por las noches, ir con ella a la escuela de la mano o tan solo abrazarla fuertemente para demostrarle su amor. La mañana siguiente salió de casa muy temprano, cuando el sol clareaba y las avecillas murmuraban su canto alegre. Se dirigió al campo, decidida a conseguir un jornal. Sabía que nadie la conocía allí y que a las chicas de su edad no les permitían trabajar en los cultivos. Incluso en Carricillo había tenido que demostrar un temple severo para convencer al capataz de darle trabajo en las plantaciones de tomate. Si era necesario madrugar, coger una palana o romperse el espinazo labrando la tierra lo haría.  Pero a casa iba a volver con dinero en las manos; una parte entregaría a mamá Justina, quien hacía malabares para cubrir los gastos de la comida, pues Severino aportaba, como siempre, una miseria; otro poco de plata guardaría para costearse la escuela. Esa tarde, aunque con los dedos ampollados y un terrible dolor de espalda que la obligó a tomarse un calmante para aligerar la molestia, retornó feliz. Le había demostrado al capataz de unos maizales que a pesar de su corta edad podía hacer las mismas tareas que un hombre curtido. Iba a ganar quince soles por un jornal de diez horas; era poco, pero le habían dicho que si no le gustaba el pago o el horario podía ir a buscar trabajo en otro sitio. La pequeña Luz no tardó en acostumbrarse a las tareas del campo, al nuevo pueblo y su gente bonachona que empezaba a identificarla en las calles de San Jacinto cuando la veían pasar rumbo al trabajo antes de las seis de la mañana o cuando paseaba los domingos, junto a sus hermanos, en la plazuela. Aunque estuvieran en otro lugar, la convivencia ácida con su padre persistía, resultaba irresoluble,  volviéndose más peliaguda con el paso de los años. Ni siquiera durante la navidad  podían verse a la cara con buenos ojos.  Ya no eran los tiempos pálidos de Carricillo, ahora la familia esperaba el nacimiento del niño Jesús reunida en una pequeña mesa que Lucecita se encargaba de preparar dos horas antes de la medianoche. La vestía con un mantel blanco, colocaba luego los platos y cubiertos de una manera tal que parecía iba a realizarse una gran ceremonia. Cerca de las doce cada quien ocupada su lugar en la mesa. Mamá Justina se encargaba de servir el chocolate caliente que tan bien le quedaba; traía los panecillos y dejaba para el final un pollo bien horneado. La explosión masiva de bombardas, cohetones y fuegos artificiales en la calle anunciaban que la hora de darse el efusivo abrazo de navidad había llegado. Aquél momento de gratitud se convertía en el más espinoso para Lucecita. Un cortocircuito le recorría el corazón al acercarse a su padre. “Feliz Navidad Pa’”, le decía palmoteándole apenas la espalda. “Feliz Navidad hija”, respondía el hombre sin ánimo.

Cada vez que me contaba algún retazo de su historia veía humedecer sus ojos claros, sentía cómo se removían en su alma los recuerdos inflamados por una vida atiborrada de  tristezas, marcada por la ausencia espiritual de un padre que aunque habitaba el mismo espacio parecía vivir a miles de kilómetros de ella. La descomposición de su rostro era una señal silenciosa para acercarme y abrazarla. Sentía su respiración  convulsionada, por momentos intercalada con suspiros de amor.
-          Gracias por estar conmigo cuando te necesito, soy muy feliz a tu lado; me decía  mientras su rostro se apoyaba en mi pecho y yo quería que se quedase allí por horas, para siempre…
-          No tienes por qué agradecerme, te amo y lo único que hago es dejar que mi corazón lo demuestre – mis brazos la apretaban con más fuerza - No importa dónde estés Lucecita, mis oraciones y mi amor siempre te alcanzarán.
La noche que recorrí junto a Luz los súper mercados en busca de obsequios navideños para mis ahijados, me pareció que caminaba junto a la niña de ojos claros que jugueteaba con sus cachorros en los campos  de Carricillo. Lucecita estaba radiante, destilando sensualidad con una mini jean celeste que conjugaba muy bien con una blusa beis; se veía tan linda que me provocaba besarla a cada momento. En medio del vaivén de la gente imaginé por un instante que esos inmensos anaqueles donde se exhibían todo tipo de mercaderías eran los gigantescos sauces selváticos; borré a la multitud bulliciosa y quedamos los dos solos en ese paisaje que recorríamos como dos niños enamorados. Durante varios minutos me sentí un osado explorador caminando por la selva junto a su amada compañera. ¡Cuánta imaginación puede desatar el amor!  En la sección de juguetes nos topamos con peluches enormes de perros, osos, tigres y elefantes. Ella se acercó y contempló con atención a un gracioso perrito afelpado. Le acarició la cabeza como si fuese un animal de verdad. En ese momento debió acercarse a su niñez, recordar los tiempos cálidos de Carricillo, sentir a sus pequeños cachorros. “Puedes llevarlo”, le dije viéndola tan encariñada. Su respuesta fue negativa aunque insistí hasta en dos ocasiones; así que pensé sorprenderla luego con un bonito regalo de navidad. Cuando hubimos terminado de comprar los obsequios fuimos a comer helado en una de las bancas del centro comercial. Ella había elegido uno con sabor a vainilla y yo otro de lúcuma. Pasamos mucho tiempo allí saboreando el bocado, sonriendo, mientras veíamos pasar a la gente con sus bolsos repletos de regalos; a ratos acercaba mi rostro hasta quedar pegado a su nariz de avecilla; cerraba los ojos, percibía su olor y sincronizadamente uníamos nuestros labios. En ese momento la caja con el muñeco decapitado dentro era un recuerdo desvanecido, no me preocupaba por las consecuencias que su aparición podría traer a mi vida. Disfrutaba la compañía de Luz al máximo, olvidando por completo que tal vez algún enemigo oculto tramaba desestabilizar mi entorno con un trabajo de hechicería. Vivía feliz. A su lado pude comprobar que sólo cuando compartimos nuestro tiempo con la persona ideal, es que podemos experimentar a plenitud las maravillas del amor. Vivía  enamorado de Lucecita, la pequeña mujer con alma de hierro, que el destino colocó frente a mí una tarde de febrero hace tres años en el gimnasio. Aunque no era tan expresiva como yo solía serlo, sus sencillas muestras de amor servían para endulzar mi vida. Un domingo, que son los días en que suelo prolongar mi sueño más allá de las nueve de la mañana, llegó a casa de sorpresa a las 7:45 a.m.; mamá la hizo ingresar, fue a mi cuarto y tocó la puerta insistentemente hasta que consiguió despertarme. Cuando abrí se abalanzó sobre mí; así de pronto, sin esperar a que le dijera algo, me besó. Aunque sólo se quedó unos minutos, ya que debía estar a las ocho en la cevichería donde trabaja como moza, su corta visita me mantuvo con una sonrisa en los labios durante todo el día.
Esos días previos a la navidad pasamos mucho tiempo juntos; luego del entrenamiento en el gimnasio Luz retornaba a casa para mirar películas comiendo galletas dietéticas, gelatina u otro bocado bajo en calorías. A pesar de que las pelis de terror la espantaban, terminaba convenciéndola de poner en el DVD algún vídeo terrorífico o sangriento. Cuando aparecían en el televisor las escenas más aterradoras ella cerraba los ojos y se acurrucaba a mi lado. Su cabello húmedo olía a una fragancia deliciosa. Me gustaba sentir  su cuerpo tibio junto al mío, esa cintura y piernas cada día más firmes gracias a las duras rutinas de pesas a las que se sometía. El jueves, casi una semana después de haber encontrado el espantoso paquete en el gimnasio, hicimos un viaje relámpago a Trujillo. Desde que bauticé a Lucas, viajaba cada Diciembre a la ciudad de la eterna primavera para entregarle sus obsequios navideños. Por primera vez llegué a casa de mis compadres en compañía de alguien. Unos días antes les había dicho a través del celular: “Este año llegaré bien acompañado, así que pongan un cubierto más en la mesa”. Durante el trayecto de ida no pestañamos un solo minuto en las dos horas y media que tardó  el bus para llegar a nuestro destino. Resultó muy entretenido pasar ese tiempo prodigándonos mimos y caricias; nunca la había sentido tan expresiva hasta entonces, lo que me hizo suponer que su amor iba creciendo. Mi corazón bamboleó de felicidad.  Repetimos promesas de amor y repasamos  algunos planes para el año entrante que debía traer una serie de cambios importantes a nuestras vidas. En cada una de sus palabras notaba la decisión firme de olvidar los sinsabores del pasado y construir un futuro distinto conmigo. Admiraba su valentía, ese temple  que tanto le valió para enfrentarse con las adversidades que el destino le puso en el camino. Supongo que yo no habría podido resistir todos esos avatares, no con mis vaivenes emocionales que terminaban arrastrándome rápidamente al abandono de mi Fe. Ese corto viaje sirvió para reafirmar que Luz me otorgaba el equilibrio emocional necesario; con ella podía romper el círculo de tristeza y soledad en el cual me había visto atrapado por años. Pero más allá de los sentimientos, existía entre nosotros una fórmula resuelta. Así como el hidrógeno y el oxígeno se juntan para crear el agua; la reunión de nuestros elementos encajaba a la perfección. Estaba convencido de que con su fortaleza y voluntad para el trabajo sumado a mi habilidad en los negocios podíamos incursionar en nuevos proyectos juntos. El gimnasio se había mantenido en auge la temporada primaveral y según mis cálculos el verano traería un vendaval de jóvenes dispuestos a mejorar su anatomía con las pesas, lo que representaba un aumento considerable en mis ingresos. Además escribía artículos para la revista cultural OF, entrenaba un equipo de fútbol juvenil y había comenzado a distribuir la línea de suplementos nutricionales Universal Sport. Mis amigos solían decir que me desenvolvía como un verdadero mil oficios. La multiplicidad de trabajos permitiría reunir en los próximos seis meses el capital suficiente  para montar una cevichería, un negocio rentable en la ciudad y que, además, Luz sabía cómo manejar. Aquella idea venía madurando hace varios años atrás, pero en ese momento sentía que el fruto estaba listo para ir a la mesa. Mientras retornábamos a Chimbote, soltábamos algunos nombres con el que podríamos bautizar el local. Para mí la mejor opción era, en vista de que ella sería quien manejaría el establecimiento: Restaurant Cevichería “Lucecita”. Sin embargo Luz creía que con el tiempo podríamos encontrar una mejor opción. Finalmente, podía afirmar, que después de un largo periodo atrapado en la soledad, preso de los apuros económicos, estaba camino a la consolidación económica y sentimental. Llevaba la vida que siempre quise tener: escribía, me mantenía ligado a los deportes, mis ingresos aumentaban gracias a ello, y pasaba momentos maravillosos acompañado de una mujer que se ajustaba  como perilla al dedo a mi estilo de vida.  Esa noche llegamos  a casa cerca de las once. Le pedí que se quedara. “Está bien, pero no te acostumbres”, respondió con una sonrisa de complicidad. Ni bien quedamos a oscuras nuestras bocas callaron, dejando que brotara otro lenguaje. El amor habló por nosotros como otras tantas noches en las que su cuerpo y el mío siguieron un mismo camino hasta el amanecer.
Por la mañana nos despedimos con un tierno beso. Ella apuró el paso hacia su habitación para alistarse y salir rumbo al trabajo mientras que yo me quedé retocando las crónicas que debían ser publicadas en la edición veraniega de OF. De mañana suele venir poca gente a entrenar en el gimnasio, así que dedico las primeras horas a escribir. Tenía que avanzar rápido, pues faltaban apenas dos semanas para el lanzamiento y Juan Aquino, director de la revista, llamaba al celular mañana, tarde y noche reclamando que le enviara pronto los textos. Apenas encendí la laptop un presentimiento oscuro se disparó en mi corazón. Anteriormente me habían asaltado ese tipo de sensaciones que anunciaban la cercanía del peligro. Recordé que el año anterior, cuando sufrí el robo de la computadora portátil, una bocinada interior sirvió como alerta que ayudó a descubrir la presencia del ladrón en el dormitorio. Esa vez me encontraba, como todas las tardes, en plena rutina de pesas, de pronto una palpitación angustiosa en mi pecho rugió como un león cuando vi pasar por mi lado al “colarao”. “Adiós Marco”, se despidió con un apretón de manos. El muchacho llevaba  una mochila negra en la espalda que a simple vista se notaba vacía. No había tardado más de cinco minutos desde su llegada, así que me dio mala espina. A pesar de ello no pensaba seguirlo, pues aún debía completar dos series más de bíceps. Tomé la barra Z y comencé a levantarla repetidamente hasta la altura del pecho. “Uno… dos… tres… cuatro…” Inhalaba al esfuerzo y exhalaba cuando dejaba caer el peso.  Antes de la octava repetición, mi corazón se aceleró como si estuviera en la última vuelta de una carrera de 1200 metros. Ya no podía seguir más, solté la barra intempestivamente y bajé a la carrera por las escaleras en busca de agua. Cuando estuve en el segundo piso me topé de nuevo con el “colorao”. “¡Qué carajos llevas allí!”, grité al intruso, quien sujetaba con su mano derecha la mochila negra en la que parecía haber llenado algo. El rostro del muchacho se encendió al verse sorprendido, adoptando el color de un tomate. “No te muevas”, me dijo exaltado mostrándome un revólver que sacó de la cintura.  Mantuvo el arma contra mí hasta que llegó al primer piso y salió a la carrera luego de abrir la reja de fierro. ¿Qué carajos se está llevando? Entré al dormitorio y noté que faltaba mi laptop, el objeto más valioso que tengo, pues allí están guardados un millar de fotografías familiares, además de varios cuentos, cientos de poemas y los primeros cinco capítulos de una novela que espero publicar algún día. Sin dudar fui tras el ladronzuelo; lo vi doblar la esquina a tranco rápido; corrí lo más rápido que pude y cerca estuve atraparlo a pesar de que en un inicio me llevaba cien metros de distancia, pero el cambio de luces en el semáforo ubicado entre las avenidas Pardo y Balta lo salvó de una segura golpiza. Una hilera de autos circuló a 40km por hora con la luz verde encendida,  interrumpiendo mi paso. De no haber sido por aquél presentimiento que se instaló en mi pecho no hubiese podido sorprender al ladrón en el momento justo. La recuperación de mi laptop me costó un par de días en los que llegué a buscar al “colorao” primero en su casa, luego en cada antro donde se camuflan los drogadictos de la ciudad, hasta que un amigo lo ubicó en Lima, ciudad donde solía refugiarse luego de sus fechorías. No iba a dar por perdida mi computadora portátil, así que esa misma noche inicié una campaña de desprestigio en contra del “colorao”. Descargué una de sus fotos del Facebook y la difundí en infinidad de muros, incluso en el de sus familiares, acusándolo de ladrón. Debió sentir la presión masiva, pues antes de las cuarentaiocho horas devolvió mi equipo.

¿Cuál podía ser ahora el motivo de esta sensación de angustia? ¿La caja? Sí, claro, esto tendría que ver con ese horrible muñeco decapitado que hallé en el gimnasio. No había pasado mucho tiempo de aquello, los recuerdos aún estaban frescos. Aunque traté de concentrarme en lo que escribía, fue difícil completar siquiera una de las crónicas, así que abandoné la tarea y fui a dar una vuelta por la ciudad. Pasé  por la cevichería donde Luz trabaja y la contemplé en las correrías de su faena. Le hice una seña con la mano y al verme sonrió. El sólo verla le otorgaba tranquilidad a mi alma. Retorné a casa sosegado, dispuesto a continuar con la escritura hasta que fueran las cuatro de la tarde. Aquél viernes no iba terminar con normalidad. Algo oscuro se anunciaba en mi corazón, pero no tenía la menor idea de lo que podía ser. Luz llegó como siempre poco antes de las seis, no tardó más de dos minutos en alistarse y dio inicio a su rutina como de costumbre con diez minutos de calentamiento en la bicicleta. Le conté que una opresión en el pecho me había perseguido durante el día. “Debes estar cansado por el viaje. No te preocupes que esta noche dormirás solo para que descanses tranquilo mi amor”, respondió con una sonrisa pícara. “Sí, eso debe ser, estos últimos días no he dormido muy bien que  digamos”. El gimnasio estaba en su hora pico. Más de veinte personas hacían sonar las mancuernas,  exclamando crujidos de dolor al hacer explotar sus músculos cargando elevados kilos de peso, mientras sonaba una compilación de la música electrónica del momento. A pesar del intento por zafarme de aquella sensación angustiosa, esta empezó a dominar mi estado de ánimo y por un momento creí que algo realmente espantoso podría ocurrir en ese momento. No perdía de vista a Luz y trataba de estar lo más cerca posible a ella. Ya en el inicio del negocio habían ocurrido accidentes que por poco se convierten en desgracias. A las nueve de la noche terminó su agotadora rutina. Nos sentamos en la prensa (máquina para piernas) a planear qué hacer el fin de semana. Mi hermano Pepe cumplía años el día siguiente, así que cabía la posibilidad de visitar una disco para bailar. No sé en qué momento apareció, pero cuando giré la cabeza hacia el oeste, el  ave estaba parada sobre una de las barandas de madera con la vista sobre nosotros. ¿Una paloma? Cómo podía haber llegado una paloma hasta allí si el palomar más cercano estaba a varios kilómetros.  Además este tipo de ave no vuela por las noches pues su visibilidad es deficiente, casi como un hombre con astigmatismo crónico.  Durante los nueve años de funcionamiento que tenía el gimnasio nunca había visto un ave de ese tipo posarse en ninguno de los muros. Estas volaban siempre en dirección al sur o hacia el norte a más de cien metros de altura. Luz también se había percatado que el animal tenía la vista fija hacia donde estábamos sentados. Era una mirada desquiciada, impaciente, como de quien tiene al frente a sus víctimas. Recordaba a las palomas que mi abuela Felipa criaba  en su huerto de frutales, como aves dóciles, de mirar calmado, casi angelical. Incluso en la Biblia se relata que estas aves están relacionadas con la divinidad. Esta paloma (blanca), en cambio, parecía tener una intención premeditada, bastante maléfica para estar allí justo a esa hora, cuando el gimnasio empezaba a despoblarse. Me acerqué con cuidado hasta donde se encontraba el ave y pude notar que tenía el plumaje sucio, parecía haberse revolcado en la tierra o haber sido sometida a algún tipo de maltrato. A pesar que estuve a solo veinte centímetros de ella ni siquiera se impacientó. Mantenía su aire psicótico que causaba espanto. ¿Por qué no tomé uno de los bastones y la golpeé? Si era cierto lo que me contó en una ocasión la hechicera Diana sobre el poder que tenían algunos brujos pactados con el diablo, para transmutar su alma al cuerpo de animales, tal vez me hubiese topado con una desagradable sorpresa. A lo único que atiné fue a exclamar un ¡usha! ¡usha!, tratando de espantar al animal, pero este ni se inmutó. Cuando Luz me pidió que regresara a su lado el ave siguió mis pasos, movió la cabeza de un lado a otro sin perderme de vista. “Nos está mirando”, le dije. “No exageres mi amor, es sólo una avecita que se extravió en la noche”, trató de calmarme. Así era ella, buscaba siempre ponerle paños fríos a las situaciones confusas. Tal y como apareció sin percatarnos, la paloma se marchó perdiéndose en la noche sin darnos cuenta hacia dónde fue a parar.  Para mí la presencia de aquél animal tenía una estrecha relación con el paquete que había encontrado en el gimnasio una semana antes y explicaba, además, el porqué de la angustia en mi corazón aquél viernes. En ese momento pensaba que sucesos oscuros podían ocurrir a mi alrededor. ¿Cuándo? Esa pregunta no tenía respuesta. El maligno tiene sus propios tiempos. Lo que sí me quedó claro después de ver a aquella paloma es que alguien había pagado una buena cantidad de dinero por ese trabajo de brujería  ¿Pero quién?



1 comentario:

  1. Muy buena historia.. me cautivó desde el primer capítulo y ahora estoy aquí terminando de leer el séptimo...
    las personas buscamos siempre algo en que distraernos para poder sobrellevar el tedio de la rutina... y que mejor q una buena lectura para salir de ese tedio..
    Gracias Marc por compartirla (Y)

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