sábado, 8 de marzo de 2014

EL OCASO DE LA TRISTEZA (Cuarto Capítulo)

IV
¿Quién pudo haber dejado ese paquete? Me preguntaba, esa tibia mañana de diciembre, mientras seguía repasando en mi cabeza todos los nombres de las personas que llegaban al gimnasio a diario. Recordaba sus rostros, el modo en que solían mirar, las charlas que compartían mientras tomaban una pausa en su entrenamiento, la frecuencia con la que acudían a ejercitarse, tratando de descubrir a través de esos rasgos la nobleza de su corazón y alguna posible complicidad con la presencia de la caja. Muchas veces los enemigos te tocan el hombro en tu propia casa. Luz acababa de salir, pero su aroma aún seguía impregnado en la habitación. Amanecer a su lado tranquilizó mi alma. Pero al marcharse tuve una ligera sensación de temor que traté de aliviar acercándome hasta la fotografía tamaño jumbo de Juanchi; la imagen estaba en un portarretrato de vidrio  colocada sobre una repisa. Yo mismo había tomado esa foto en el vivero, un día antes de su muerte, y mostraba a un Juanchi flacucho  de párpados hundidos y sonrisa forzada. Siempre que padecía alguna adversidad o veía amenazada mi paz espiritual me acercaba hasta el retrato y le confesaba mis tribulaciones. Se trataba de un contacto íntimo con mi hermano en busca de su ayuda, para sortear el mal tiempo. El fuerte lazo que mantuvimos en nuestra niñez se prolongó más allá de su muerte. Unos meses después del entierro, mientras iba rumbo a la escuela, oí un susurro nítido que me alertaba del peligro si continuaba el trayecto usual que solía recorrer rumbo al Politécnico. “Estás alucinando Marco”.  No hice caso y seguí por el mismo sendero, pero unos metros más adelante el anuncio volvió a repetirse; entonces empujado por esa voz interior tomé la calle opuesta y crucé hasta la avenida Pardo.  No entendía por qué había hecho caso a ese murmullo que parecía provenir de alguien que caminaba a mi costado, hasta que oí el estruendo de un choque y corrí a mirar, empujado por ese impulso natural que conducía a todos los transeúntes que circulaban por la zona, hacia el lugar del siniestro. Justo antes de llegar a la esquina una camioneta de doble cabina había chocado contra un poste de alumbrado público, trayéndolo abajo. Transitaba a diario por esa calle para ir a la escuela y solía pasar junto al poste en un recorrido mecánico que alteré por aquél susurro salvador. Después de ese día, la vocecita empezó a repetirse con frecuencia; me acompañaba camino a la escuela o durante las noches mientras realizaba las tareas en mi habitación; era tanta la intensidad del murmullo que llegué a acostumbrarme a él y empecé a entablar un diálogo ameno, familiar, compartiéndole mis ideas, congojas, haciendo incluso preguntas, cuyas respuestas luego se ratificaban en la realidad. Algunas cosas eran trivialidades,  juegos de niños; como la vez que le pregunté si habría clases de taller electrónico y respondió que esa tarde disputaríamos una partida de monopolio en casa, pues el profesor al que apodábamos “Cerebro” por el enorme tamaño de su cabeza, no asistiría al colegio. Llegué a la escuela y luego de permanecer dos horas junto a mis compañeros del primero “C”,  esperando la llegada de “Cerebro”, el auxiliar de educación nos mandó de vuelta a nuestros domicilios pues el docente tenía un problema familiar que atender y no asistiría. Cuando estuve en mi habitación puse el Monopolio sobre la cama. Ese día pasé toda la tarde tirando los dados, comprando casas y departamentos en las principales avenidas de Lima, sintiendo la presencia de mi hermano al costado. Estaba convencido de que Juanchi me decía cosas al oído, cuchicheaba y a veces hasta sonreía; su cercanía espiritual servía de consuelo para amenguar el dolor de su muerte. No le conté a nadie de aquellos diálogos íntimos, pues lo más probable es que hubiese terminado en un centro de ayuda para personas con problemas mentales. Por un tiempo creí que el privilegio de sentir su presencia  era sólo mío, hasta que una mañana encontré a mi madre hablándole a una de sus fotografías, la misma que luego amplió y puso en un marco para colocarla en nuestra sala. Ella también debía obtener respuestas u oír el susurro alegre de Juanchi. No recuerdo en qué momento perdí contacto con él, quizás el hecho de convertirme en adulto distanció  su voz infantil. Lo que hasta ahora permanece es la presencia fantasmal que se hace notar por las noches en mi habitación, como si se tratara de un niño juguetón en busca de entretenimiento. Años atrás las sillas del cuarto eran arrastradas con suavidad y la puerta crujía durante la madrugada. Juanchi se movía con plena libertad, probando los objetos nuevos que fui colocando en el dormitorio donde él durmió hasta el día de su muerte. A pesar de todas las manifestaciones sobrenaturales  mi corazón nunca solía llenarse de temor, por el contrario era invadido con una paz sublime. Una noche, cerca  al final del día, mientras leía tendido en mi cama una colección poética de César Vallejo, escuché golpear el teclado de la computadora. Me encontraba solo, con la puerta cerrada, pues a esa hora ya todos dormían en casa.  Volteé la vista hacia mi computador sorprendido, temeroso para ser honestos, pues en una situación como aquella cualquiera hubiese puesto el grito al cielo. El tecleo se repitió un par de veces, después sobrevino un silencio que atrajo un aura pacífica, la misma paz que sentía cuando escuchaba el susurro infantil de Juanchi; sonreí y continué leyendo. Cosas como esa eran frecuentes en mi habitación; no me espantaban, por el contrario las sentía como parte de la coexistencia amena con el alma de mi hermano, aunque una madrugada sus travesuras sí consiguieron erizarme la piel. Dormía plácidamente después de un agitado día  en la universidad que culminó con la elaboración de un informe para el curso de publicidad. Había llegado a casa con la premura de culminar el trabajo que debía presentar por la mañana, así que terminé mi cena  en menos de cinco minutos, subí  a mi cuarto y estuve despierto frente a la computadora hasta pasada la media noche. “Listo, ahora sí a dormir”. Apagué el computador, las luces y me tiré rendido en la cama sin siquiera quitarme la ropa del todo. A media madrugada un ruido estrepitoso hizo que diera un brinco hacia el suelo. El CPU, la impresora matricial y el monitor se encendieron de golpe, como si hubiesen estado programados para despertar a esa hora. ¿Juanchi? Fue lo primero que pensé. No podía encontrar otro responsable. “¡Caramba! Esta vez sí que me asustaste”. Avancé nervioso hasta la mesa donde estaba colocado el computador y apagué el sistema Windows. Por las dudas desenchufé el estabilizador de corriente. Si algo volvía a encenderse seguro que hubiese salido corriendo dando gritos de espanto.