jueves, 8 de marzo de 2012

LA HORA DE LA MUERTE

La muerte no se anda con rodeos, por eso yo le tengo mucho respeto. No es por exagerar pero aquí en el pueblo todos le temen; algunos le llaman “la parca”, otros “la pelona”. El caso es que desde la otra vez en que se paseó  un mes enterito y se cargó en hombros - Dios sabe para dónde - a nueve de mis paisanos, la gente le agarró un miedo único. Cuando alguien se muere, ya sabemos que la muerte nunca viene por uno solo, es por eso que del puro espanto nadie quiere moverse de sus casas. Las mujeres no bajan hasta la quebrada - por donde pasa el río - a lavar sus ropas, pues les asusta pensar que “la parca” ande rondando por allí y de puro antipática como es ella, las empuje contra las aguas que de tiempo en tiempo se ponen bravas. Los machos, por muy bravos y fuertes que estos sean, se niegan a subir hasta la montaña a cortar leños, porque allá sí que uno anda a salto de mata con tanto zorro y pishtaco suelto y para la muerte resulta más fácil hacer su trabajo. El pueblo se vuelve por un tiempo silencioso y hasta parece que nadie viviera aquí; si no fuera por el cura de la iglesia – que por cierto no es de este lugar sino de la costa y es, además, el único al que la muerte no le parece un asunto tan grave - que todas las mañanas toca la campana del templo a golpe de las siete, la gente que cruza por El Sauce (mi pueblo) para ir hasta los caseríos detrás de la montaña, pensarían que “la pelona” ya arrasó con todos por aquí.








El otro día, cuando a Teobaldo Ponce se le atragantó un trozo de carne en la garganta que terminó por asfixiarlo, se armó un lío muy grueso en la puerta de la iglesia; una multitud encabezada por el gobernador Abundio Quino fue entrada la noche a exigirle al curita Anselmo que se dejara de tanto rodeo religioso y llevara a cabo uno de esos rituales donde se sacan los malos espíritus y demonios que se le meten al cuerpo a la gente. Los demonios ingresan también a las casas o se afincan en los pueblos para hacer daño. Con Teobaldo, eran siete los que se morían en poquito menos de un mes en el pueblo y quien haya visto la cara de mis paisanos podrá decir que el pánico estaba tallado en sus rostros. Ante tanta muerte seguida, se llegó a creer que algún mal aire o demonio debiera andar rondando por El Sauce, por eso es que medio pueblo fue a tirarle la puerta al cura para que de una buena vez botara al maligno que nos estaba despoblando.

- ¡Silencio! ¡Silencio! – reclamó el curita Anselmo a la multitud - Si hablan todos juntos no voy a entender lo que me dicen, y ultimadamente esta no es la forma de venir a gritar aquí. ¡La casa de Dios se respeta señores!  

El gobernador Abundio apoyó la petición del sacerdote y pidió silencio a la muchedumbre. Luego, con su acostumbrado respeto para decir las cosas, soltó la lengua:


- Perdone el alboroto señor cura, tiene mucha razón en lo que dice, pero la gente no grita por la puras – dijo de entrada - si hemos venido a molestar su tranquilidad es porque, como usted bien sabe, en el pueblo se ha producido tal racha de muertos que todos aquí andan noche y día suspirando purito miedo. Hay muchos que aún no están preparados para morirse, pues les falta recibir el perdón de Dios y temen por eso ir a parar al  infierno…


- No entiendo el pánico Abundio, todos vamos a morir algún día, sino es mañana será pasado, el otro mes o el año que viene, eso ya lo tiene previsto Dios, así que sólo queda esperar su voluntad – habló más tranquilo el cura – Nadie puede ir contra los designios del Altísimo; además si tanto temen ir al infierno, aprovechen este momento para arrepentirse de sus pecados, la casa de Dios les abre sus puertas ahora mismo.

- No creo que la gente vaya a calmarse así…

- ¿Pero qué cosa quieren entonces, para qué es toda esta bulla?, replicó el curita.


El Abundio ahora sí se animó a sacarse el sombrero, que se lo había estado moviendo como quien lo acomoda desde que llegó a la Iglesia. Por un momento se aguantó en lo que iba a decir, un poco por respeto al cura, un poco porque él no se creía mucho el cuento ese de que un demonio estaba obrando en “El Sauce”, pero sobretodo porque si algo le daba más miedo que toparse con la muerte, era ofender a Dios con sus palabras y despertar la ira del Altísimo contra el pueblo; sin embargo siendo él la autoridad, no le había quedado más remedio que encabezar la marcha. “Hay de nosotros si ofendemos a Dios, allí sí que no habría ni santo ni cura que nos libre”, susurró el gobernador antes de animarse a hablar de nuevo, cosa que hizo más por la presión del gentío que no lo dejaba de mirar que por voluntad propia. 


- Lo que la gente quiere es que usted se encargue de correr al demonio que está despoblándonos.

- ¿Demonio? ¿De qué demonio hablan? – preguntó extrañado el cura.

- Es que tanta muerte seguida no puede ser otra cosa que obra de algún maligno que se ha ensañado con nosotros, y el único que puede librarnos de él es usted.  

- ¡Caramba! Encima de tener que soportar todo este alboroto, debo escuchar tamaña barbaridad – replicó el cura ofuscado -  Yo estoy en “El Sauce” para hablarles de Dios, de su amor, de su misericordia, del plan de salvación que nuestro Señor tiene para los que deciden vivir conforme a su palabra y no para hacerme líos con demonios…


- Pero …(trató de decir algo el Abundio, sin que el sacerdote lo dejara terminar).

- ¡Qué alejados de Dios están en este pueblo! En vez de andar promoviendo revueltas que no tienen sentido, deberías incentivar a toda esta gente para que vaya a  misa los domingos. Tú eres la autoridad Abundio ¡Tú podrías!


- Es que … (Quiso hablar de nuevo el gobernador pero otra vez lo dejaron con la palabra en la boca)


- Ya está bueno de andar buscando excusas para todo. A mí me preocupa mucho que el pueblo se haya ausentado de la iglesia los últimos meses. Tú, Abundio, eres de los pocos que asiste a la misa del domingo y eres testigo de lo desolado que luce el templo, así que no podrán decir que ando inventado cosas – increpó el sacerdote -  La falta de Fe provoca que aparezcan los miedos, que uno se espante hasta de su sombra. No se han puesto a pensar que haberse alejado de Dios es lo que causa en ustedes ese temor injustificado a la muerte. ¡Piénsalo Abundio! ¡Este pueblo urge de la palabra de Dios, así que hay que hablarles de Dios ahora mismo!...

Apenas terminó de hablar, el cura Anselmo ingresó raudo a la iglesia dando pasos largos como de garza y al poco rato estuvo de vuelta con su sotana blanca montada sobre el cuerpo, sosteniendo en manos la impresionante Biblia de tapa dorada que todos los domingos se lucía en el púlpito del templo; se paró frente a la multitud mirándola con compasión, respiró hondo y dijo: “!No le teman a la muerte hermanos, ábranle sus corazones a Jesús y Él les dará vida en abundancia!”. Luego se dirigió al Abundio: “Qué desatento es usted gobernador, no pensará que voy a pasarme toda la noche con la Biblia en brazos… Vamos hombre, mande a traer una mesa que así no puedo empezar la misa”.


El gobernador avergonzado por su falta de atención se encogió de hombros y pidió disculpas. Luego le ordenó  a un par de muchachitos de la multitud  que fueran por una mesa y una silla del local comunal. La misa duró poquito menos de una hora. El cura se la pasó haciendo mención a las bienaventuranzas de los hombres que respetan los mandatos Divinos. De rato en rato soltaba algún versículo de la Biblia para tranquilizar a la gente que lo miraba con recelo. Una vez que terminó su sermón, la muchedumbre que se había silenciado por un momento para oírlo, se puso de nuevo en marcha y una silbatina se escurrió por la calle en señal de que el pueblo no se creyó nadita la cháchara religiosa que se esforzó en dar. Aunque el Abundio trató de calmarlos la gente estaba enfurecida. Pedro Cabrejos, el matarife del pueblo, fue el primero en dar un paso al frente y lanzar su amenaza contra el cura: “¡Si no espanta al demonio hasta el domingo, le traemos abajo el templo!”. Después lo siguió el viudo Abelardo Contreras, a quien recientemente se le había muerto la mujer de una rara fiebre que le puso la piel amarilla. “¡Espántenos al maligno del pueblo o de lo contrario el próximo muerto va ser usted!”. Después ya todo se volvió un griterío tremendo que se mezclaba con el silbido del viento que repiqueteaba embravecido y no dejaba oír los ruegos piadosos del curita, quien se dobló de rodillas y alzó las manos al cielo como queriendo recibir la ayuda de Dios en ese momento. Pero nada hizo cambiar el ánimo de mis paisanos. O se comprometía en hacer el ritual o ya pronto su cabeza iría a parar al fondo de una fosa.

El viernes de esa misma semana, el curita Anselmo encargó al gobernador Abundio reuniera a la población en el descampado que bordea la quebraba - por donde cruza el río para perderse en ese confín de montañas y abismos que circundan la entrada a nuestro pueblo - con el propósito de llevar a cabo el ritual espanta demonios.

-       ¿A golpe de diez estará bien? – preguntó la autoridad.

-  Sí hombre, así me dan tiempo de reunir todo lo que necesito para el ritual – El curita se paró de pronto en seco frente al gobernador y se le quedó mirando con una seriedad irreconocible -  Tú sabes Abundio que esta no es mi voluntad, así que te hago responsable de lo que me pueda pasar con toda esa gente embravecida allá afuera.


-       Yo lo sé padrecito, sé que lo estamos obligando a hacer esto, pero le ruego que por un momento se ponga usted en el lugar de que fueran su mujer y sus hijos los que se están muriendo. Sienta tantita pena por nosotros…


-       Si no sintiera pena por ustedes hace tiempo que me hubiera marchado de este pueblo. Eso que te quede bien claro.

Ni bien el gobernador anunció por el altoparlante que el ritual se llevaría a cabo a las diez, “El Sauce” empezó a convulsionar en un fragor popular que sólo se vive durante la semana de festividades en honor a la virgencita de Las Mercedes, patrona de nuestro pueblo. El anuncio se esparció en pocas horas hasta los pueblos vecinos y a golpe de las ocho un tropel de comunitarios de “La Cascada”, “La Pampa” y “Casapalpa” se apostó en la plazuela portando crucifijos, velas, dientes de ajos a montones y afiches de cuanto santo se conocía en la región. Cuando el curita Anselmo atravesó la plaza, cabizbajo y con un hálito desconsolado, rumbo a la quebrada, recibió los vítores de aliento de la muchedumbre que siguió sus pasos alentándolo con cantos religiosos y oraciones.

-       Dios nos perdone por esto señor Gobernador – le dijo al Abundio que se movía a su lado escoltándolo - Rituales como el que vamos a llevar acabo son considerados un sacrilegio para la Iglesia y ustedes me están obligando a ir contra mis principios eclesiásticos. ¡Lo menos que me espera es la excomulgación!


-       Pierda cuidado, que aunque lo echen del clero usted puede quedarse en “El Sauce” todo el tiempo que quiera. Nomás espántenos al demonio y verá que hasta Pedro Cabrejos y el Abelardo Contreras le ofrecen su morada.


Pasada las diez de la noche cientos de personas, entre hombres, mujeres y niños, habían atiborrado las lomas allá arriba en la quebrada. Desde el pueblo se dejaban ver las lucecillas inquietantes de los cirios que resistían tercamente al ataque del viento. La noche estaba endemoniada, crecía en lo alto como una interminable capa negra que escondía la luna y las estrellas, anunciando con su aliento los primeros latigazos del crudo invierno serrano; pero aun así nadie quiso renunciar a seguir de cerca el ritual. La muchedumbre permaneció quietecita, atrapada en una extraña sensación de sosiego, casi casi como si estuvieran en trance. Al curita Anselmo le temblaban las manos mientras iba desenvainando los objetos que había traído para la ocasión en un costalito de felpa. Primero sacó una crucecita de madera, que se la dio a sostener al gobernador, luego un bolso negro repleto con hojas de romero que dejó caer al suelo, también una botella con agua bendita, un collar hecho de dientes de ajos y un pequeño sable de acero. ¡¡Por ningún motivo permitas que alguien se acerque!”.  En medio del vendaval que no dejaba de azuzar los cabellos de la gente, el cura Anselmo dio inicio al ritual formando un montículo con las hojas de romero. Para que el viento no esparciera la hierba, el gobernador tuvo que armar, antes, una barricada con pedruscos. “Ahora enciende las hojas”, le ordenó el curita al Abundio, quien siguió sus órdenes como un servicial monaguillo. Cuando el olor del romero alcanzó a la muchedumbre, el bramido de los zorros se disparaba en los montes produciendo punzadas de miedo en las mujeres y los niños. El humo había ganado las montañas empujado por el viento y ese olorcito recalcitrante que se esparcía inquietaba a los animales. “¡La sangre que nuestro Señor Jesucristo derramó en la Cruz limpie este pueblo de los demonios y malos espíritus!”, profirió desde sus entrañas el cura con una voz que debió oírse hasta muy lejos; en ese momento se había desprendido de los nervios y agitaba con su mano derecha la botella del agua bendita salpicando goterones en el terruño mientras que con la otra sostenía un pequeño libro que sacó de uno de los bolsillos de su gabardina y empezó a leer en latín: crux sancti patris benedicti/crux sacra sit mihi lux/non dracco sit mihi dux/!vade retro satana¡/numquam suade mibi vana/sunt mala quae libas/ipse venena bibas (cruz del santo padre Benito/mi luz sea la cruz santa/ no sea el demonio mi guía/!apártate Satanás¡/pues maldad es lo que brindas/bebe tú mismo el veneno/). La muchedumbre se sobresaltó al oír el tono lúgubre del sacerdote y a algunos se les metió el miedo por los poros, tanto que retrocedieron varios pasos, quedando listos para echarse a correr en caso el demonio se apareciera para enfrentar al cura Anselmo. Francisco Pulido, el chofer del pueblo que cubría casi todas las rutas de la zona con su combi blanca, trató de convencer a su prometida Marcelina Poma para quedarse hasta el final del rito, pero a ella se le habían bajado por completo los ánimos y hace rato que sudaba frío y balbuceaba palabras que nadie alcanzaba entender. “Mejor la bajas Panchito antes que el demonio acabe por tomarla”, le habló su compadre Venancio Robles. Mientras Francisco hacía el camino cuesta abajo rumbo al pueblo, llevando en el lomo a la mujer que en unos meses debía convertirse en su esposa; el curita Anselmo alzó el sable de acero y empezó a batirse en combate como un espadachín, enfrentando a las truculentas sombras de la noche que se hacía más negra y fría. “¡Fuera Satanás! ¡Largo de este pueblo demonio!, repetía una y otra vez mientras trataba de cortar el aire con el arma. Al rato nomás inició la caminata de retorno rumbo al pueblo pronunciando oraciones en latín, seguido de la multitud que iba regando a su paso dientes de ajo por todo el camino.


Exactamente nueve días después del ritual, en la “La Cascada” se dio inicio a las celebraciones en honor a la virgencita Santa Eulalia, patrona del pueblo. El caserío, decorado con cadenetas y armajos que colgaban en los balcones de las casas estaba animado para la bailanta al compás de la Banda de Músicos de “Los Hermanos Agapito”, quienes estiraban sus notas en la plazoleta, paseándose también por las empedradas calles seguidos de los mayordomos y comunitarios, quienes bailaban, bebían chicha de jora y desparramaban la cerveza a su paso. El primer día del jolgorio llegaron varios centenares de personas de todos los rincones de la comarca y el número se duplicó durante los tres días consecutivos que duró la calurosa fiesta. Para el cierre del festejo el Francisco ya había hecho más de cincuenta viajes yendo y viniendo por los caminos serpentineros de la región. “Hoy me toca celebrar a mí”, le dijo a su compadre Venancio, quien tenía dos días de haberse embotado libando sin control. “Véngase compadre, únase a la fiesta”. Ambos se sentaron en una de las mesas colocadas alrededor de la plazuela y pidieron una ronda de cervezas, luego otra y otra más. Bebieron hasta el amanecer, degustaron los últimos platillos que sobraron de la quermés y cerca de las seis de la mañana salieron abrazados dando tumbos en dirección a la gobernación, donde estaba estacionada la combi del Panchito. Alguien que los vio pasar por la plaza soltó la frase: “Si no fuera porque el cura Anselmo espantó a la muerte de “El Sauce” juraría que este par no llegan a cruzar la quebrada”. Con Francisco y el Venancio fueron nueve los que se murieron en poquito más de un mes en el pueblo. Después del accidente a mí me quedó clarito que cuando llega la hora de la muerte, de tu muerte, de mí muerte no hay santo ni cura que nos libre.  

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